martes, 28 de octubre de 2014

El retratista.



Pensaba que dibujaba bien. Que la retrataba exacta. Incluso se vanagloriaba de su buen hacer y te comentaba: Es igualita, eh. ¿A que sí? Y entonces no te quedaba más remedio que guardar silencio. Él creía que asentías, que era la emoción la que te impedía decir algo. Y se crecía. Y más que se animaba en seguir y seguir dibujando al fresco, nada de óleos o acuarelas.
Sólo puedo añadir que dejó ese lugar común como las paredes y los suelos de las casas esas de Bélmez. Terrible, daba pavor, de noche parecía que estabas rodeado de rostros ojipláticos y anguliformes que desde las profundidades del inferno de Dante clamaban clemencia. Por fortuna se le pasó aquella fiebre pronto y una mano de pintura llevó al olvido aquella tardía vena artística que de repente le surgió un día de aburrimiento y nostalgia.



acróbata


4 comentarios:

  1. Fue su momento de libertad...

    Saludos y buenas noches.

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  2. Cuando pasó la locura... ¿volvió el aburrimiento?
    Besos, acróbata.

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    Respuestas
    1. ¿Se pasó la locura? ¿Sí? ¿Ya? La vena pintora sí, por fortuna.

      Besos, Magda.

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