domingo, 3 de agosto de 2014

Lo más gracioso.


No era mucha la paga, pero mientras hubo energía todo fue bien. Comíamos de caliente a diario, las facturas se iban pagando, algún pequeño capricho nos podíamos permitir (celebrar sus cumpleaños y ponerles reyes) y los niños estrenaban ropa con cada nueva temporada, crecían tan aprisa. Se puede decir que con nuestras limitaciones eramos felices en casa. La vieja estaría orgullosa.

Pero aquel maldito día de verano se tuvo que ir la luz. Y aunque lo intentamos todo, a más de cuarenta grados, fue imposible mantener congelado aquel cuerpo fallecido hacía ya. El olor nauseabundo que escapaba a borbotones por debajo de nuestra puerta nos delató. Nos tenía ganas la vecina desde que cortamos de un tajo su insana curiosidad acerca de qué había pasado con la abuela. Y bien que se cobró venganza. A la mañana siguiente teníamos en nuestra puerta a las fuerzas del orden.

Ahora somos indigentes. Ni dinero tenemos para pagarnos los medicamentos, por fortuna en el ambulatorio todavía nos siguen suministrando la dosis necesaria para no recaer. María y yo vamos tirando gracias a las comidas del albergue municipal y a que en las noches frías nos dejan dormir allí. Los niños nos los quitaron y los tienen internados en el orfanato comarcal. Nos cuentan que hasta tratamiento psicológico les tienen que dar.

Lo más gracioso de todo esto, es que cuando me paro a pensarlo, más me convenzo que así le costamos más dinero al Estado que de la otra manera, en la que vivíamos de la pequeña pensión de viudedad de una muerta.





acróbata

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