jueves, 31 de julio de 2014

Manolo.


Al salir del colegio siempre merendábamos en mi casa: bocadillo de sardinas en tomate para él y para de mí de crema de cacao (fui un niño muy dulce). Y después a jugar al ajedrez en mi cuarto, o a la pelota en la puerta de casa.
Nunca quería llevarme a la suya, ni aún después de la merienda. Costó convencerlo y si consintió fue a cambio de la promesa de mi silencio. Acepté. Lo menos sorprendente de aquel pisito (un tercero sin ascensor) en el que vivían apiñados él, sus cuatro hermanos, sus padres y sus dos abuelos, era que el burro de su abuelo Enrique hacía vida en el cuarto de baño grande. La bañera era el abrevadero y en el lavabo le ponían las sobras de la comida. Manolo, era como se llamaba el burro, había llegado de pequeño con el abuelo cuando éste enviudó y dejó el campo para irse a vivir con ellos. Nadie había sido capaz de convencerlo que aquel lugar no era el adecuado para ese animal. Él siempre contestaba lo mismo: -si Manolo se va, me voy yo y también mi paga-. No había nada más que discutir.

Hablaría del resto, pero una promesa es una promesa.





acróbata

2 comentarios:

  1. jejeje qué buena historia! "El burro de su abuelo Enrique", por un momento, pensaba que llamabas burro al abuelo jajaja

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  2. Un relatillo, Marcos.
    Ya sabes, no solo de versos se sacia el hambre de letras.

    Un abrazo.

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