domingo, 9 de marzo de 2014

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No fue una decisión tomada a la ligera. Se trataba de algo premeditado, estudiado al detalle. Dejaría unas pocas palabras de despedida, cerraría puertas y ventanas, sellaría grietas y rejillas de respiración. Después se sentaría tranquilamente en la cocina a fumarse un último pitillo, abriría la llave del gas y hala: hasta luego, Lucas. O por inhalación o de manera algo más radical así acabaría todo.

Eligió una tarde de domingo, como no podía ser de otra manera (de este modo el lunes sería casi festivo para los más allegados, que no tendrían que acudir al trabajo). No fue sencillo escoger las cuatro palabras a dejar como epílogo. Eran tantas las dudas al respecto: qué papel escoger, ¿azul o negra la tinta del bolígrafo?, roja no, desde luego, aquello no era un examen llenito de faltas. ¿Y verde?, por favor, qué broma es esa. Negra, sería negra, en papel blanco inmaculado (a la mierda el mundo y sus bosques), nada de reciclado. Y cómo escribirlo, ¿en verso, tal vez en prosa? Sí, en verso, que no quedase duda de su inclinación natural. Así de paso tal vez conseguía que alguno leyera algo en ese estilo al que solían referirse como:<< Ah, poesía, no, no me gusta, yo no entiendo de eso>> Bueno, son tan sentimentales con las telenovelas, ahí se queda su capacidad de asombro.

Y otra cosa, otro problema a resolver, qué decir exactamente, porque sabía lo que quería expresar, pero había que darle ritmo, cohesión, él se tomaba la lírica muy en serio: podría tomar unos versos prestados de algún grande, eso sería ir sobre seguro, a tiro fijo. Pero no, mejor no, se arriesgaría con algo suyo. Total, quién le iba a reprochar algo. Bueno, igual muchos, pero y a él qué, a esas alturas (igual con la explosión llegaba hasta el quinto pino, o quién sabe, más allá como Buzz Lightyear)

Llegó el momento y ya lo tenía todo listo: tarde de domingo, cigarrillo, palabras pensadas, estructura exacta, soledad...nada podía fallar. Se encerró en la cocina, se dispuso a escribir ese último poema y zas: el boli sin tinta. Menudo contratiempo, era igual, a tomar por saco el epílogo. Mejor, así, sin nada, que se rebanaran los sesos a ver el porqué de ese trágico final. Con más ganas y rabia echaría ese pitillo después de tantos años sin fumar. Ya sin necesidad de disponer de tiempo de cordura, abrió las cinco llaves del gas y antes de que saltase todo por los aires y él con el todo, lanzó el cigarrillo a su boca de manera acrobática (evocando viejos tiempos). Y zas, el mechero que se queda sin piedra. Maldita sea, pues nada, sin darse aquel gusto que se iba de este mundo que tan poco le quería. No entendía mucho del tema, tan sólo era un aprendiz de suicida, nada de práctica tenía en esos lares, pero suponía que unos pocos minutos más: quizá unos diez a lo máximo, o puede que un cuarto de hora como mucho y por fin historia. Diez minutos: nada. Diez minutos más: nada de nada. Diez minutos más, joder, media hora ya y más de lo mismo. La botella de butano, que se habría agotado, sin duda.

En fin, esa era su vida: un querer y no poder, todo intento, más fracaso. Qué le iba a hacer, odiaba la sangre y de pastillas ni hablar, tenía pánico a morir retorciéndose de dolor. Bueno, se consolaba, contra el destino no se podía luchar, anda que no lo había intentado y nada. Lo dejaría estar y que fuese lo que Dios quisiese. No tenía credo alguno, pero, por decir algo.

Notando cierta alegría que no sabía muy bien de dónde le podía venir, o sí, sí que lo sabía, pero se negaba a confesárselo a viva voz, se acercaría al bar de la esquina: fino a sol y sombras que se pondría esa noche en la que podía considerarse de nuevo un recién nacido. Aquello había que celebrarlo. Igual hasta se acercaba a algún lupanar a seguir con la fiesta.

Abrió ventanas, aireó la casa temiendo un posible accidente por si algo de gas quedaba acumulado de la casi nula fuga, se arregló poniéndose lo más elegante que recordaba haber estado en años y dispuesto a correrse toda una tarde-noche de domingo de juerga, tomó un buen fajo de billetes grandes de sus ahorros. Y se echó a la calle, a por todas, dispuesto a comerse el mundo y a sus habitantes, no a todos, por supuesto, pero a ver si alguno, o mejor dicho, alguna caía.

Nada más poner el pie fuera del portón de casa: los restos incandescentes de un bólido procedente del cinturón de asteroides entre Júpiter y Marte, que a consecuencia de una rara anomalía gravitatoria acontecida a millones de kilómetros en la lejanísima Nube de Oort y que había provocado un cambio mínimo en la órbita del cometa a4657461231658xu, trayendo con ello un leve desplazamiento electromagnético del plasma entre roca y roca a la deriva de lo que se cree que en su día fue otro gran planeta del Sistema Solar, ocasionó el choque y posterior salida de pequeños meteoritos con dirección a la Tierra. Y a pesar del escaso porte de esas rocas heladas, vino, una de ellas, quizá la única que consiguió atravesar toda la atmósfera terrestre, quedando sus dimensiones reducidas a casi nada (apenas tenía el diámetro de una moneda de uso común), a impactar de lleno en el lado izquierdo de su pecho, concretamente entre el hueco de la cuarta y quinta costilla. Qué se le iba a hacer: muerte instantánea.

Y eso es todo: la vida. O mejor dicho: la ya no vida.




acróbata

4 comentarios:

  1. Dicen que todo está escrito en la vida, no?

    Saludos, Tomás.

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  2. Eso dicen, Luna. Aunque la verdad, yo no me lo creo del todo.

    Besos, amiga.

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  3. La vida es el gato presta a dar el zarpazo cuando le plazca, nosotros el ratón inconsciente...
    Me pido una reescritura ;-) Besos, acróbata.

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  4. Según las palabras que nos dejen usar y las reglas combinatorias. Si no es para mejorar ésta, yo me pido estar en la última.

    Besos, guapísima.

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