lunes, 24 de febrero de 2014

Trabajo bien hecho.


Plantar trigo, cuidar su crecimiento, cosechar de sus espigas el grano, molerlo, tamizar la harina. Añadirle agua, sal, levadura. Amasar esa mezcla con amor y paciencia. Dejarla reposar lo suyo. Hornearla a fuego exacto el tiempo justo. Y comprobar con emoción como de unas simple semillitas luce ahora un hermoso pan que invita a saciar el hambre. Cortar una buena rebanada, inhalar el aroma que desprende, morderla, masticarla, saborearla con deleite mientras la boca se hace agua y el estómago rumia pleno de satisfacción.

Es el milagro de la alimentación. Cómo no sentirse satisfecho, doblemente satisfecho, ante el esfuerzo y la recompensa de poder comerse el fruto del trabajo bien hecho.



acróbata



2 comentarios:

  1. Ese sí que es un trabajo bien hecho y productivo. Feliz día.

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  2. Así es, Acróbata. Ojalá todos compráramos en las panaderías artesanales y se dejara a un lado las industriales. El pan de pueblo, el mejor de siempre. Recuerdo cómo se relataba el aroma a pan recién hecho en El Lazarillo de Tormes, si no recuerdo mal. Saludos.

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