lunes, 3 de febrero de 2014

Noches de luz.


Nos fuimos a lo alto de un monte a ver un eclipse de luna, aparcamos en una curva colgada del abismo con una amplia panorámica al horizonte y bajamos las sillas plegables del maletero. No sentamos en el anfiteatro de los sueños y entre risas, silencios de ojos extasiados y palabras de amor, contemplamos el espectáculo en primera fila. La sombra de nuestro hermoso planeta poco a poco se iba comiendo el resplandor blanco del satélite que nos acompaña, hasta que en un momento mágico, quedamos alumbrados tan sólo por la luz de los millones de estrellas. Después recogimos ayudándonos de las linternas y cuál no fue la sorpresa, cuando al ir a meter las sillas en el maletero, las niñas, que se habían adelantado a nuestro paso, excitadas y algo temerosas gritaron que el coche estaba lleno de estrellas pequeñitas. Era cierto, todo el maletero brillaba como un pequeño cosmos. No sé, ni recuerdo la de años que hacía que no veíamos luciérnagas. Las niñas ni sabían que existían. Poco a poco, con cuidado fuimos despejando el maletero. Las luciérnagas echaban a volar de nuestras manos y como estrellas fugaces se perdían confundidas con el infinito.

Hay noches donde la luz te acompaña en todo momento, e incluso en mitad de la oscuridad más penetrante, viene hasta tus manos para alumbrarte en el camino.





acróbata

3 comentarios:

  1. Quizá solo hay que creer en ellas para que muestren su magia...
    Qué bello instante.

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  2. Un instante el que recogens aquí de los de atesorar en la memoria para siempre. Y por qué no, en un relato como este. Yo no tengo el recuerdo de haber visto luciérnagas. Debe ser una sensación increible. Abrazos.

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  3. Son mágicas, lo que pasa es que yo hace años que no e visto ninguna.
    Feliz día.

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