miércoles, 8 de enero de 2014

Mañana de invierno.


En su rostro,
enmarcando unos ojos
aún llenos de sueños,
las huellas tangibles
de una noche más de insomnio.

En sus ojos,
dos bosques caducos
a principios del otoño,
el reflejo de un hombre
que se asoma a su abismo.

Ninguna queja.
Ningún reproche.
Nada.
Tan solo el silencio frío
de un espejo mal iluminado
a la espera de ser roto
por el correr del agua helada.

Y ahí afuera,
donde el tiempo sigue
descontando granos de arena
de la botella medio vacía,
la niebla del reciente invierno
haciendo de las suyas,
no permitiendo distinguir
ni tan siquiera el propio aliento.





acróbata

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