jueves, 19 de diciembre de 2013

La fuerza de la costumbre.


Todo allí era atrezzo:
La mantelería de papel. La vajilla de plástico. La cristalería también de idéntico material, por mucho que las copas llevasen escrito a rotulador permanente la palabra “Murano”. Los cubiertos de pasta, eso sí, hay que decir que con un baño de color plata muy logrado.

Pero aquí no quedaba el asunto:
El jamón era pata negra. Sí, porque era de madera bien oscura. Las gambas, gigantes, rojas como la sangre, es de ley decirlo, pero de goma. Los turrones estaban muy conseguidos teniendo en cuenta que eran de corcho. El vino, bueno, mejor dejarlo, añadir tan sólo que estaba para irse. Y así el resto del gran festín. Ni la sal, ni tan siquiera el agua parecían reales.

Aún había más, pues siendo de carne y hueso sus anfitriones, poco o nada tenían de auténticos:
Sus sonrisas profident. Sus palabras humo. Sus miradas pozos oscuros. Tal vez lo menos falso allí eran los silencios. Lástima que la música trasnochada de épocas sin color, vomitada a altísimo volumen por los altavoces, no dejase disfrutar al menos de ese pequeño atisbo de autenticidad.

De todos modos, cada año, empujados por la fuerza de la costumbre, acudían como borregos a la llamada.
Qué remedio.




acróbata

4 comentarios:

  1. Por un momento me ha recordado a la fiesta de "El resplandor" cuyos invitados solo puede ver la mente enferma de Jack Nicholson. Me ha gustado mucho el texto. Llegan días muy falsos, me temo. Abrazos.

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    1. Gracias, Marcos.

      Ante lo falso sólo cabe la autenticidad, parece sencillo, ¿no?

      Abrazos.

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  2. No está de más de vez en cuando hacerse el sordo...
    Besos, acróbata.

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    1. Será un fallo de construcción o una broma más del creador...? No conozco a nadie con párpados o algo semejante para los oídos. Me cachis. ;)

      Besos, guapísima.

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