viernes, 8 de noviembre de 2013

Barrio de Chamberí.


Es otoño.
No alcanzo a saber el motivo pero siempre es mediados de noviembre en esos recuerdos del lejano ayer.

En esta pequeña habitación gris, como gris se contempla la calle desde la ventana, como gris se descubre el cielo plomizo que amenaza con derramarse en un llanto frío sobre este barrio castizo de Chamberí, los minutos no corren, caminan. Y las horas, en este cuartucho de pensión de la calle Guzmán el Bueno, ni tan siquiera pasean, directamente se arrastran. Y claro, las tardes, a pesar de lo cortas que son en estas fechas, parecen infinitas. No es de extrañar que los días sean auténticos mundos a cuestas. A mis pocos años ya llevo unos cuantos mundos de estos a cuestas, demasiados tan lejos de casa, de mi único mundo querido.

Mamá se distrae haciendo aguja de gancho, tiene mucho hilo que gastar. A la mañana, después de salir de la consulta, estuvimos en Cuatro Caminos comprando madejas enteras al peso, que yo le ayudo a hacer ovillos. No me gusta hacerlo, me aburre y se me cansan los brazos. Y eso que casi siempre mamá usa el respaldo de una silla para sujetar la madeja, mientras ella lía que te lía de manera incansable. Cuando me canso de mirarla, me pongo a leer, o más bien a releer, el último cómic del Guerrero del Antifaz. No sé, pero igual desde esta misma mañana en el que lo compramos en un quiosco junto a la parada de autobús, me lo he leído ya como tres o cuatro veces. No me importa releerlos, me divierte, pues consigue que acabe yo imaginándome otros desenlaces a la historia, cuando no directamente otras historias con estos personajes tan queridos. Mamá me dice que las escriba, yo prefiero contárselas directamente a ella. Sonríe, incluso a veces ríe a carcajada limpia con mi imaginación.

En esta intimidad tan nuestra de madre e hijo en una ciudad extraña para mí, no tanto para ella, a falta de televisión nuestra única compañía es Radio Nacional de España. A ratos es Luis del Olmo quien se cuela a través de las ondas entre nosotros, es interesante la de gente desconocida para mí que entrevista con ese tono de voz tan suyo que parece hipnotizar. A ratos la novela y los domingos por la tarde la liga. Me gusta la radio y más me gusta escucharla con ella, que me explica todo lo que no entiendo.

Y cuando ya ni la radio, ni la lectura, ni el jugar al veo-veo me entretiene, le pido que me cuente cosas de cuando ella era una niña como yo. Entonces mamá me narra unas pedazo de historias, de aquellos años nómadas recorriendo Castilla la Vieja con los abuelos y los tíos. Años difíciles en los que apenas si se establecían volvían de nuevo a ponerse en camino, cosas del negocio del abuelo, que era platero. Ya me sé muchas de esas historias, pasamos tanto tiempo juntos ella y yo solos. Le pido que me cuente la primera vez que vio el mar. Y ella sonríe, se le ilumina la mirada, su mirada verde oscuro y me cuenta que la primera vez fue en un viaje que hicieron ella sola y el abuelo al norte. Fue un viaje en el que sin necesidad alguna acabaron desembocando en la bella San Sebastián (nunca he estado allí, me gustaría ir y contemplar, aunque sólo fuera una vez, el Mar Cantábrico, ese mar que llenó sus ojos de inmensidad por primera vez. Y ver quizá, en su memoria de aguas oscuras, el brillo de aquellos ojos suyos tan llenos de amor y ternura hacía mí) Y me dice que lo que más le sorprendió del mar era como no se desbordaba, con lo inmenso que era, con la fuerza contenida que albergaba. Era tan niña. Me cuenta que el abuelo, satisfecho de lo contenta que se había puesto con su regalo, se reía con sus preguntas y le contaba que el mar no se derramaba sobre la tierra porque ésta es demasiado orgullosa para dejarse amar de esa manera. 
Quién le iba a ella a decir en aquellos tiempos de su infancia que terminaría viviendo a orillas del mar, de otro mar, más azul, mucho más cálido y brillante que aquel, pero igual de mar, igual de poderoso. El Mediterráneo de su marido, de sus hijos, nuestro Mar Mediterráneo.

Y quién, quién me iba a mí decir que sólo nos quedaban unos pocos viajes más juntos a aquella ciudad, a la que tanto tuve que seguir yendo después de su marcha. De haberlo sabido tal vez los hubiera aprovechado más, o tal vez no. ¿Pude hacerlo más, si apenas esos pocos años juntos fueron suficiente para tenerla siempre tan presente transcurridas ya tres décadas? No, creo que aproveché, aprovechamos nuestro tiempo juntos todo lo que pudimos, todo lo que nos dejó la vida.


acróbata

6 comentarios:

  1. gato mimoso ronroneando al ovillo materno de la vida...

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  2. Tres décadas, o dos este 2013. Como si fuese ayer, intactos los recuerdos.

    Abrazote, hasta allá.

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  3. Aysss, esos pellizquitos en el alma... A mi si me gustaba ovillar madejas, pero solo a ratos. Besos!

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    1. ¿Te gustaba?, pero si es de lo más aburrido del mundo...jajaja. En fin, ya sé que regalarte cuando asome por allí.

      Besos.

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    2. Corres el riesgo de tener que ayudarme con ella jajajaja.

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  4. Me lo voy a pensar, no sé si me merece la pena, igual sí...Tampoco falta tanto para los Reyes. ;)

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