sábado, 30 de noviembre de 2013

Arena de mis días, alas del olvido.


Cerré los ojos y soñé que nada volaba, que nada alcanzaba a sostenerse allá arriba: Ni aviones, ni aves, ni nada. Ni tan siquiera nubes o estrellas. Y el día era de un azul doloroso que quemaba las pupilas de quienes osaban izar la mirada. Y la noche era una oscuridad impenetrable que todo lo envolvía en su frío manto. Soñé, soñé y soñé queriendo despertar y no podía. Mis sueños trataban de alzar el vuelo y una y otra vez se estrellaban contra la almohada no permitiéndome salir de aquel trance.

Desperté al tercer día, como el hijo del Hombre, y ni era hijo, ni tampoco Hombre. Sólo piedra. Y como piedra me habían cortado las alas, el vuelo, el recuerdo del cielo. Pateado por el tiempo, acosado por la bota de los días, terminé hallando el último refugio en el fondo del mar, que fortuna, es el reflejo del cielo en la Tierra.

La marea y los mil roces de las profundidades hicieron de mí arena y como arena que llevan los temporales acabé siendo expulsado también de aquel pequeño paraíso. Ahora, en la impersonalidad de una orilla cualquiera, contemplo la mar y el cielo, y ni sueño y ni despierto, simplemente el viento me trae y me lleva. A veces en días de galerna, de vuelo en vuelo, creo que me volverán a salir las alas que perdí. El resto de las horas, depositado sobre cualquier esquina, soy barrido por la escoba de la vida. Ella, siempre tan despreocupada del sentimiento ajeno.





acróbata

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