domingo, 6 de octubre de 2013

La memoria de la lluvia.


Eramos dos gotas de agua
columpiándose en sus nubes
indiferentes a la lluvia.

Sopló el viento de la vida
y tu nube blanca
y mi nube gris
chocaron con estrépito de tormenta.

Incluso un rayo azul
vino a celebrar
lo aleatorio de la fortuna.
El dios trueno carraspeó
dando su visto bueno.

Y caímos,
juntos caímos
desnudos de polvo
y plomo
como dos plumas de ave fénix.

Y caímos,
juntos caímos
buscando nuestro lugar
sobre el pavimento de los días.

Apenas si tocamos suelo
ya unidos bajo la misma piel,
en idéntico latido,
echamos a correr río abajo.

A nuestro paso, las piedras redondas
acariciaban el despertar
de nuestros oídos al mundo,
susurrándonos secretos viejos
de monte y llanura
que apenas si llegábamos a comprender.

El ángel de la corriente
nos guiaba en todo momento
alejándonos de las rocas afiladas,
demonios de lo antiguo
capturados en épocas de derrumbe
y crecidas.

Todo para que alcanzásemos
el delta,
las profundidades vedadas,
el mar,
nuestro destino.

Algún sol de julio
vendrá a evaporarnos,
mas ya no seremos
dos pequeñas gotas
ajenas entre si.

Seremos un amor de aguas templadas
que en tardes de calor
regresa al cielo.





acróbata

6 comentarios:

  1. Bonitas metáforas, Tomás.
    El final lo bordaste.
    Esa lluvia se encarnó en poesía pura.
    Besos, cosa guapa.

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  2. Es muy poderosa la imagen del regreso al cielo, como una resurrección, después de haber vivido en la tierra. Me ha gustado mucho. Saludos.

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    1. Como un ave fénix de agua evaporado por el lejano fuego casi eterno.

      Muchas gracias, Marcos.

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  3. Por algún motivo las nubes me fascinaron siempre, quizá por nada del mar sale mi fuerza.

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    1. Sí, las nubes tienen magia y en días de viento más. Dan tanto a la imaginación.

      Abrazos, g.

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