martes, 8 de octubre de 2013

El paraíso.


Una vez cruzado el Indo, la vaca, depósito de innumerables desayunos a cuatro patas, pasa de ser un animal vulgar a uno sagrado para el pueblo hindú. También judíos y mahometanos tienen su animal mito con el que celebrar y renovar viejas creencias, el cordero, aunque éstos más que adorarlo y considerarlo intocable, lo aprovechan para clavarle el diente. Ya se sabe, las religiones del libro, que están llenas de letras y terroríficos pasajes de sacrificio, sangre y más sangre.

Ella, la vieja arpía del 3º izquierda, cristiana vieja al sur de Castilla, justo en los límites levantiscos del antiguo reino moro de Granada, también tenía su animal predilecto, el cerdo. Y de éste, además de los andares, los lomos y los jamones, lo que más le ponía, lo que la volvía loca de remate, más aún de lo que siempre estuvo, era la casquería fina.

Boby, su pequeño hijo de perra, era como ella en cuanto a gustos culinarios. Y nada más oler vísceras, sangre fresca o médula, directamente pasaba a ser más un vampiro que un perro. Pero para desgracia de ambos, perro y dueña, no todos en casa eran como ellos. El viejo cabrón era más de comer lechuguita y apio, puerro y zanahorias. No por cuestiones de respeto para con el mundo animal, simplemente quería estirar su existencia hasta límites insospechados. Y aunque a veces se daba alguna licencia y se las daba a su señora y a su perro, permitiendo en la compra semanal algún que otro capricho cárnico, por regla general no había modo de hacerle desistir de su dieta vegetariana. Ni que decir tiene que en casa se hacía lo que él decía, para eso comían gracias a su paga. Y al que no le gustase ya sabía lo que tenía que hacer, morirse.

Bastaron los resultados de su último análisis: colesterol por las nubes, ácido úrico aguardando órdenes de Houston e hiperglucemia mandando señales más allá del cinturón de asteroides, para que decidiera que en casa se habían acabado los festivales para siempre. Ni pienso de pollo y arroz compraría más para Boby. Pobrecita la vieja, con lo que le gustaba a ella entretener a su estómago con esas simpáticas bolitas junto con la cerveza del aperitivo. Por supuesto se acabó la cerveza, el vino e incluso la ginebra. El viejo estaba dispuesto a superar en edad al mismísimo Matusalen, aunque con ello tuviera que tener una guerra en casa. Tampoco sería para tanto, un par de hostias a su vieja, una patada al perro y listo. Aún continuaba siendo el más fuerte y aunque seguro también él se llevaba lo suyo: algún que otro arañazo de su señora, escupitajos, y quién sabe, incluso una metida de dedo en el ojo, además del pertinente bocado en el tobillo de Boby, estaba claro que ante problemas graves que mejor que medidas drásticas. Esa era la vida.

Como ya esperaba, una vez que se le acabó la ginebra a la vieja y comprobó consternada que él no estaba dispuesto a comprar más, buscando el apoyo de Boby, le atacó por la espalda con la esperanza de hacerle entrar en razón por las malas. Lo que hace la desesperación. Nada, veinte minutos de batalla campal y a conformarse tocaba, eso pensaba el viejo. Entre hostia y hostia que se daban a diestro y siniestro, la vieja había visto la luz al final del túnel y esa luz era el veneno para ratones que les había sobrado tras envenenar a todos los gatos del vecindario. A Boby no le caían bien los mininos y a ella y a su marido directamente no les caía bien el mundo y sus múltiples y variados habitantes.

Que quería lechuga, lechuga con matarratas iba a tener. Que era potaje de verduras, sin sombra siquiera de costillejas, lo que gustaba para el almuerzo, pues potaje que le haría ella, eso sí, con su buena dosis de veneno. No guardaba demasiadas esperanzas la vieja en cargarse al marido, no era la primera vez que en venganza de alguna trifulca se había tomado la revancha de este modo. Pero nada, apenas una ligera indigestión y el viejo cabrón como nuevo, con más energía que salía de aquello.

Hervido fue lo que le pidió para el día siguiente y hervido iba a tener. Del bueno, si es que eso era posible sin una chispa de molleja, hígado y demás gracias de la vida. Una vez sentados a la mesa como una familia bien avenida dispuesta a disfrutar del almuerzo, pensó el viejo que la negación de su mujer y de Boby para comer era tan solo un acto de rebeldía. A él le daba lo mismo, como si se morían de hambre, no caería esa breva. Y comió, comió como hacía años que no comía. ¿Cómo podía estar tan bueno ese hervido si ni huesos llevaba? Un momento, ¿no le habría echado algo de cerdo para fastidiarle, o peor aún, buscando que le diera un síncope? No, no era posible, si así fuese ellos también comerían, al menos Boby sí, que era un perro muy orgulloso y obediente con su ama, pero que el simple olor del cerdo cocinado le perdía.

Ya con las primeras cucharadas del segundo plato comenzó a sentirse indispuesto. No sería nada, unos simples gases, ya se sabe la flatulencia que ocasionan ciertos alimentos de hoja. Él siguió comiendo, la verdura era todo salud y debía de ser pecado dejar aquel guiso a medio acabar. Para una vez que su mujer hacía algo en condiciones. Pero aquella ligera indisposición, lejos de remitir fue a más, a más, a mucho más...hasta que sin soltar la cuchara de la mano comenzó a soltar espumarajos sanguinolentos por la boca.

Fue ver sangre: tan roja, tan espesa, tan sangre y la vieja ya no vio marido, solamente tenía ojos y memoria para su plato preferido: ¡Sangre frita con mucha cebolla! No se lo pensó mucho y aprovechando la deplorable situación del viejo, cogiendo un buen cuchillo y la zafa grande para que nada se desperdiciase, amarró a su marido a la silla para que no cayese al suelo y a continuación lo degolló con un certero corte en la aorta. Qué hermosura, como salía a borbotones la sangre y el muy cerdo, ahí, tieso, sin soltar la cuchara. Lo que no esperaba ella fue la reacción de Boby, que al olisquear la sangre se lanzó como un vampiro a por el cuello de su amo.

Tuvo que hacerlo, qué remedio le dejó el pequeño hijo de perra. Tuvo que hacerlo porque iba a echar a perder semejante riqueza y con un golpe certero lo desnucó en el acto. A continuación, mientras el cerdo de su marido terminaba de desangrarse, ya sin el ímpetu del principio, amarró también a Boby en la silla libre que quedaba y también lo degolló. Siempre le gustó improvisar en la cocina y ese día iba a preparar una nueva receta de sangre frita humana con ligeros toques de perruna, por supuesto muy encebollada, faltaría más.

Nadie da la cara, pero es seguro que algún vecino tuvo que ser el que avisase a las autoridades, aquel mosquerio escapando por debajo de la puerta del 3º izquierda no era ni chispa de normal. Como a empujones salían las moscas. A decenas, qué a decenas, a centenares, cuando no más, salían las moscas de aquella vivienda. Era como si estuvieran escapando del mismísimo infierno, eso o que buscaban seguir ampliando su paraíso particular. Ni siquiera la policía municipal se atrevió a acercarse a menos de tres metros de aquella puerta. Hasta que llegaron los bomberos, ya avisados del tema. A la cabeza venía uno muy bruto con fama de pirómano. Y no, esa fama no era injustificada, menudo lanzallamas casero llevaba a cuestas. Éste estaba formado por una botella de butano de las grandes a modo de mochila,conectado por unos tubos a un enorme pistolón que sostenía entre sus manos apuntando al frente. Miedo daba el artilugio que acabaría con la plaga. Casi desde el mismo zaguán del edificio entró con aquel chisme encendido, soltando lenguas de fuego que no dejaban nada indemne a su paso. Ni cenizas de moscas dejaba tras de si. Increíble lo que hizo con la puerta, cómo se cebó con ella. Ni marco, ni pared, casi ni pasillo deja el balrog humano y gracias que se le terminó el gas, una pena según él, pues en el fragor de la batalla se le había olvidado encenderse un cigarrillo.

¿No podían haber avisado a una empresa de control de plagas y a un cerrajero y habernos ahorrados a los vecinos semejante cuadro de dolor, además de un gasto desorbitado por delante para arreglar el estropicio ocasionado en más de medio edificio?

Menudo espectáculo, menuda desolación en la sala de los del 3º izquierda. Perro y hombres sentados todo tiesos a la mesa, blancos como antaño serían las paredes, incorruptos sus cuerpos, como dos momias del antiguo Egipto. Él aún con la cuchara en la mano y la boca medio abierta, el perro con el cuello roto y la cabeza ladeada a un lado en actitud condescendiente. Pero eso no era nada, comparado con ella, sentada en su lugar de la mesa, con la cabeza caída sobre el plato y medio comida por las moscas. Casi ni huesos quedaban de aquel cuerpo consumido hasta límites insospechados. Y sobre la mesa una bandeja enorme llena de restos agusanados de lo que los forenses tras soportar cientos de arcadas vinieron a certificar que en su día fue una bacanal de sangre frita humana con rastros de sangre de perro, toda ella contaminada hasta la última gota con matarratas. Estaba claro, en aquella ocasión el Ayuntamiento si que se había gastado bien los cuartos a la hora de adquirir un potente veneno contra roedores. Parecía infalible hasta después de haber pasado por los juegos gástricos de la digestión humana.

Se vende piso completamente amueblado en zona céntrica, a dos pasos de la playa, con generosas vistas al sol poniente. Eso al menos anuncia la inmobiliaria de la plaza. Yo creo que unos cuantos pasos más se necesitan para llegar a orillas del mar y tal vez toda una carretera intercontinental para olvidar semejante historia.

Lo mismo no sería mala idea que en vez de perrete los nuevos inquilinos, si alguna vez los hay, se piensen eso de adquirir una pareja de sapos como mascotas. Nunca se sabe, igual alguna mosca escapó de la quema y conserva en la memoria el banquete que vino a darse en el 3º izquierda. Desde luego si existe el Paraíso mosquil algo así debe de ser.


acróbata

2 comentarios:

  1. ¡Qué manera de revolverme el estómago, chiquillo! Jajaja, la vieja qué poca agudeza...

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  2. Perdón, el vecindario...

    Ya llegaremos a viejos.

    Besos!

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