miércoles, 28 de agosto de 2013

El Maestro.


El maestro ha hablado.
Y cuando el maestro habla el mundo calla.

Tal vez, panda de incrédulos, hombres y mujeres con la sensibilidad aplastada bajo el peso de vuestros traseros, os preguntaréis quién es el maestro. Hay preguntas que no merecerían ni una sola palabra, ni un solo instante del tiempo finito que nos ha sido concedido. Pero el maestro no querría eso y es de ley seguir en todo momento los deseos de esa mente privilegiada, de esa sensibilidad hecha cuerpo, de ese ser casi por encima del bien y del mal. Por lo tanto, habrá que decirlo:

El maestro es el maestro.

Perdón, mi admirado guía, mi querido Cicerone, mi amado Virgilio, aunque uno ni por asomo le llegue a Dante a los talones. Sólo tú, mi maestro, el maestro de maestros, puedes mirar por encima del hombro a cualquiera que te haya precedido en el tiempo. Perdón y mil veces perdón, mi maestro, por no enfatizar más. Quizá tendría que decirlo con más entusiasmo, más fe, como tú y sólo tú te mereces. Un momento, por favor. Rectifico, aunque no tenga nada de sabio y si mucho de borrico:

¡El maestro es el maestro!

Y es que el maestro no habla, sienta cátedra. El maestro no respira, suspira exhalando el auténtico aire que nos da la vida. El maestro no escupe perdigones cuando se exalta ante la dureza intelectual del populacho, llueven primaveras de sus labios tan colmados de sabiduría.

Y lo principal y por lo que estamos aquí:

El maestro no lee, declama. No declama, cantan ruiseñores, trinan golondrinas y los violines paren pétalos de rosas silvestres del vientre del silencio para fortuna de nuestros oídos. Hasta los sordos dejan de serlo durante ese instante, cómo no hacerlo si es el maestro el que ha abierto las puertas del paraíso al alzar su voz.

Y es que el maestro es poeta. ¡Poeta! ¡El Poeta!
Se sacó el título hace ya. Cuenta que se lo ganó tras escribir un poema. El único poema que merece tal distinción dentro de la Historia de la Lírica. Pues el resto de lo escrito antes y después de su logro son tan solo un cúmulo de letras, con menor o mayor fortuna, abandonadas a su suerte en cualquier lugar desangelado, dejado de la mano del dios Apolo.

Nadie ha leído el poema, el más grande, el Único...Pero es que hay verdades que no necesitan ser demostradas para ser tan grandes como catedrales. Qué digo como catedrales, como el mismísimo horizonte. Siempre inacabable, inabarcable...
Como su poema, ni más ni menos.

En fin, el maestro me ha mandado callar. Él es muy prudente y opina que ya es suficiente por ahora con esta somera explicación para mentes tan cándidas y poco preparadas como las nuestras.

¡Qué grande el maestro!



acróbata

2 comentarios:

  1. De ególatras siempre estará el mundo bien servido, por desgracia.

    En fin, no dejemos nunca de aprender.

    Besos, Magda.

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