viernes, 12 de abril de 2013

La pluma y la piedra.


Esta historia, como todas las grandes historias, empezó un día cualquiera.

Una bella pluma blanca con tonos grises, cansada de ser una más entre tantas, aprovechando el majestuoso vuelo del águila real sobre el curso de un gran río, se desgaja de su ala buscando nuevos horizontes donde ella sea única. La pluma, ya libre de competencia, con un suave vaivén viene a caer sobre los cantos de la orilla del río. Allí, tras posarse suavemente, una piedra negra le sirve de cobijo del rocío de la noche. Un rocío para ella hasta entonces desconocido, pues a esas horas siempre había estado en su caliente nido. Pasa la noche, y la pluma, gracias al resguardo de la piedra, no perece congelada por el frío. Con el nuevo día la pluma exhibe su belleza ante la muda presencia de los muchos guijarros del torrente, que entre murmullos intentan llamar su atención. Ella, muy suya, sólo conversa con su ahora amiga negra, y ésta, viendo su creída manera de actuar, le aconseja:
- No seas tan presumida, la belleza que nada más entra por los ojos es efímera y dura lo que dura en irse la luna cada noche tras las altas montañas.
La pluma, muy orgullosa ella, le contesta:
- Lo tuyo es envidia y nunca serás bella ni destacarás allá donde estés. Deberías agradecerme que te preste atención.
Así pasan las fechas y pronto la pluma se aburre de no ser constantemente alabada y agasajada. Por lo que decide aprovechar cualquier oportunidad para cambiar de aires. Esa misma tarde, disfrutando del benigno clima, un hombre pasea ensimismado por la vereda del río y nuestra presumida amiga, la pluma, dejándose llevar por la dulce brisa del atardecer, consigue posarse entre las manos del caminante. Con todo su arte embelesa la mirada del hombre, decidiendo éste llevársela a casa. El hombre, prendado con la fortuna que ha tenido, también aprovecha para coger unas pequeñas piedras de aquel apacible lugar, pues una idea le ronda desde hace tiempo y cree que ese día, puede ser el día de suerte que estaba esperando para ponerlo en práctica. Entre las distintas piedras, por casualidad viene a recoger a la amiga de nuestra pluma. Al llegar a casa coloca la pluma sobre su elegante escritorio y las piedras las guarda en uno de sus cajones. Ya más tarde seleccionaría la más apropiada para lo que piensa hacer.

La presumida pluma de nuestra historia vuelve a ser feliz, muy feliz, pues el hombre la usa para escribir bellos poemas a su enamorada. De nuevo ella vuelve a sentirse protagonista, ya que a través de su alma fluyen las letras que dan cuerpo a los escritos de su nuevo admirador, llegando incluso en su soberbia a atribuirse todo el mérito de la belleza plasmada sobre el papel.
Unos pocos días después, el hombre selecciona entre los guijarros del cajón a la pequeña piedra negra y con ella en su mano se acerca al taller de joyería de un buen amigo suyo. Una vez allí le encarga que le haga un colgante con su piedra. El joyero la pule y le fija un hermoso engarce de plata, junto a una cadena. La piedra negra queda preciosa, pues debajo de su ruda capa exterior guardaba una brillante piel negra con hermosas vetas azuladas.
El hombre al verla queda impresionado y se siente poderosamente atraído por el magnetismo que emana de ella. No había duda, aquel día en el que encontró la pluma había sido su día de suerte.

Al llegar a casa se siente muy contento con su joya, es su nuevo talismán. Con ella al cuello entra en su despacho, como cada jornada se dispone a escribirle a su enamorada y se sienta en su elegante escritorio de madera de roble. Ese día va a ser especial, pues aprovechando su buena suerte, por fin siente que va a atreverse a pedirle matrimonio a su amada. Para ello ha adquirido un raro pergamino hindú perfumado con aromas de rosas silvestres, la dueña de su corazón es una apasionada de los viejos textos indios y a él no se le pasa nada. Toma con destreza la pluma dispuesto a mojarla en una costosísima tinta china expresamente comprada para la ocasión. Y justo cuando se dispone a empezar a escribir, la pluma, hechizada por el brillo que desprende la piedra que luce el hombre al cuello, se pregunta en el lenguaje de las cosas inanimadas, un lenguaje incapaz de ser percibido por los oídos del hombre: “De dónde habrá sacado semejante bagatela”
A esto la piedra saluda a su amiga y le dice:
-Hola, querida pluma, ves que suerte vamos a tener, ahora siempre vamos a estar muy juntas, podremos hablar y recordar viejos tiempos.
La pluma, muy dolida en su orgullo y con despecho le contesta:
-Tú, fea y tosca piedra negra, nunca serás mi amiga, yo soy mucho más que tú y pronto se cansará de ti, pues no vales nada y sabes hacer menos todavía. No como yo que escribo todas sus obras, es por mí por lo que sus escritos no están vacíos y sin mi arte no valdrían nada. Es más, esa mujer está enamorada de mí, no de él.
La piedra, dolida y muy triste le contesta:
-Nunca vas a cambiar, siempre te creerás más que los demás, de esa manera nunca serás feliz y acabarás mal, muy mal.
La pluma ciega de ira le responde:
-Sucia piedra del río, así te aborrezca y hoy mismo te arroje al fondo de la corriente, de donde nunca tenías que haber salido.
En estas, el escritor, ajeno a la disputa, moja la punta de la pluma en el tintero. Y ella, la presumida pluma, al verse sumergida inesperadamente siente como su ira crece en desenfreno y con rabia absorbe toda la tinta que coge en su alma. El hombre, al posarla suavemente sobre el pergamino, asiste con estupor como la pluma suelta todo el exceso de tinta de golpe, arruinando por completo todos los preparativos llevados con esmero para la pedida a su enamorada. Apenado, el hombre se dice a si mismo:
Debería haber comprado una pluma con buen alma, ésta me encandiló por su efímera belleza, pero no es lo suficientemente buena y estable para escribir, esto nunca más me volverá a pasar.”
A continuación la arroja a la papelera de los deshechos y se consuela de su gran disgusto agarrando con ternura su nuevo talismán, la bonita y brillante piedra negra, la cual ya nunca le abandonará y con la que alcanzará la cima del éxito personal y la felicidad junto a su amada.

Nunca nadie es más que los demás y a cada uno el destino nos tiene reservado lo nuestro.






acróbata

2 comentarios:

  1. No, nadie lo es... Eso si, al tal destino ese le decía yo un par de palabritas... ¡Lindo cuento!
    ¡Besos!

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  2. Gracias, Magda.
    Un género este poco cultivado por mí.
    Eso tiene fácil arreglo, en ello estoy.

    Besos.

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