martes, 5 de marzo de 2013

En la oscuridad de mi cuarto.


Todo comenzó como comienza todo, de un momento para otro, de cualquier modo, casi de la nada.

Es lo mismo, da igual, lo sé, creo que en realidad siempre lo he sabido aunque he callado. ¿Por miedo?, ¿por incredulidad?, ¿por callar?, no sé, simplemente nunca lo he dicho...Pero ha llegado el momento, no preguntes por qué, porque desconozco el motivo, simplemente percibo que ha llegado el tiempo de contarlo y lo voy a contar...

En cuanto apago la luz de mi mesita y la oscuridad conocida; espesa, magra, casi sólida que invita a cortarla a cuchillo, que merece ser palpada como si tuviera piel, carne, huesos, lleva de golpe la noche a mi cuarto. Pasando toda luz a ser una promesa de un nuevo amanecer por venir, mis zapatillas color crema, sabias conocedoras de cada losa de casa, de cada esquina donde sestean las sombras, se transforman de repente en dos erizos repletos de púas. Dos erizos temerosos que intentan sobrevivir hasta la mañana siguiente enrollados sobre si mismos, aún a riesgo de morir atravesados por sus afiladísimas defensas. También adquiero conciencia de como el perchero de la pared, viejo compañero de gorras y sudaderas, gabardinas y sombreros, pasa a ser una rama centenaria de roble, sobre la que tres lechuzas sigilosas vigilan mi descanso a la espera de que uno de mis incautos sueños se escape de mi cabeza. y todo por tal de caer sobre él con sus garras afiladas sin apenas dejarle alzar el vuelo. Y sí no era suficiente con todo esto, además siento como mi bata, esa desgastada compañera de tardes ociosas, de horas de sofá y lectura, aun abandonada en las profundidades de los pies de mi cama, metamorfosea en una enorme raya marina, roja de ira, para ascender por el talud formado por mis pies bajo la manta, buscando dar caza a algún imprudente desvelo mío que ose abandonar la protección de las orillas de mi cuerpo.

No es casual que sólo a mis pesadillas dejo salir de mi lecho, sólo a ellas por traicioneras, por morder la mano que las alimenta, por libar de la linfa que les da la vida, por traicionar mi descanso. Así consigo contener a las alimañas que acechan mis noches a la par que me deshago de lo no querido.

Temo el día en el que ya no me nazcan más pesadillas, con qué mantendré a raya a tanta fiera hambrienta.



acróbata

4 comentarios:

  1. Luego dicen que las pesadillas no sirven para nada!!

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  2. Hola Tomás!!!
    Bien por tus pesadillas, que te ayudan a controlar a esas alimañas,no sé que pesadilla sería peor, si las tuyas o todo aquello que te acecha en la oscuridad de tu cuarto.

    Muy bien escrito.
    Un abrazo!!!!

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