jueves, 14 de marzo de 2013

El Madrid de ayer.


El Madrid de mis años pequeños en tiempos pretéritos, comenzaba cada dos o tres meses y duraba al menos un par de semanas. Empezaba ese Madrid llegando una mañana cualquiera a la vieja estación de Atocha en el expreso de noche procedente de Cartagena. Era un Madrid de maleta, andén y prisas de la mano libre de mamá hasta coger un taxi a las puertas de la estación camino de nuestro destino. Un Madrid vetusto y medio dormido, repleto de edificios antiguos con portería ancha y generosa, donde los porteros eran señores mayores, en bastantes ocasiones uniformados. Un Madrid que despertaba y se desperezaba llenándose de viandantes, ruidos y humos: coches, coches y más coches. Taxis blancos con raya roja, que parecían jugadores del Rayo Vallecano como locos por un terreno de juego sin pelota y atestado de contrarios de todos los colores, que al igual que ellos, corrían como pollos sin cabeza. Y donde los autobuses, rojos y numerados todos ellos, no podían ser los árbitros del partido pues no iban de negro.
Era un Madrid bullicioso y enorme que una vez instalados dejaba de ser tan grande y ruidoso para pasar a estar perfectamente encuadrado en unas cuantas calles y unos pocos destinos, casi todos obligados por las circunstancias y los que no de cumplida obligación, porque quedaban de camino a ellos por tal de hacer tiempo. Ese viejo mantra (hacer tiempo), que a mí me desesperaba, pues si yo algo quería era que el tiempo, ese tiempo pasara volando camino del sur, mi sur.
Aquel era un Madrid de la calle Guzmán el Bueno a Princesa y de ahí a Colón, tras coger el metro en Arguelles camino de la oficina del Instituto Social de la Marina. Un Madrid de más y más consultas médicas. Un Madrid de paseos de la mano de mamá por aceras grises repletas de hojas muertas caídas de los árboles, cuyas ramas sarmentosas, aligeradas de peso, comenzaban a mirar al cielo en busca de la escasa luz de aquellas fechas de mi memoria. Un Madrid de mañanas de radiografías, pruebas y más pruebas, y algunos pequeños ratos libres pasados en cualquier parque a esas horas vacíos de niños. Un Madrid de platos combinados en pequeños restaurantes a pie de calle a la hora del almuerzo y bocatas de calamares a la hora de la cena comprados en la cafetería de la esquina. Un Madrid de vaso de leche hirviendo con tostada de mantequilla y mermelada, o media de churros, mientras los clientes de otras meses comentaban los logros del Madrid de los Santillana, Juanito, Juan José o Del Bosque, que eran chavales por aquellos entonces.
Un Madrid de peleterías, mercerías centenarias de hilos y lanas junto a la Plaza Mayor y quioscos de prensa casi en cada esquina, donde el Guerrero del Antifaz aún conservaba su protagonismo para mi deleite de jovencísimo lector. Un Madrid de comercio menor en decadencia, donde haciendo equilibrios resistían en pie sobre las trincheras del combate diario algunas tiendas de ultramarinos, que tras sus viejos letreros de otras épocas vendían casi de todo, aunque ya mostraban claros síntomas de fatiga camino de su cercana desaparición. Un Madrid de primeras horas de la tarde con la brisa seca y cortante manchega azotando los rostros, cortando los labios y consiguiendo sacarle viejas letanías a los árboles de las aceras que susurraban tantos y tantos pensamientos ajenos dilucidados bajo el amparo de su sombra. Un Madrid algo ruidoso mientras tranquilamente bajábamos por la calle Gaztambide camino a la consulta de Traumatología sitia en la calle Isaac Peral. Un Madrid de atardeceres helados y olor a castañas asadas de vuelta a la habitación de la pensión donde los días más que pasar se arrastraban pesados. Un Madrid de cielos plomizos recorridos por nubes cargadas de lluvia que amenazaban con confundir las miradas melancólicas de las gentes embutidas en grises gabardinas. Un Madrid oscuro de lágrimas mansas de finales de Noviembre resbalando por el cristal de la ventana de esa pequeña habitación cara a una calle cualquiera, cuando no a un patio de luces. Un Madrid de programas de radio que hablaban de todo y nada, especialmente de nada, de los problemas íntimos y sentimentales de personas anónimas que sin pudor alguno los narraban con pelos y señales, mientras una tal Encarna de noche les daba aliento. Un Madrid de sábanas frías y mantas pesadas bajo las cuales el único sueño posible era que pasaran pronto esos días de médicos y consultas, de tedio y nostalgia para volver pronto a casa: a la luz, al aroma a Mar Mediterráneo inundándolo todo, al azul del cielo despejado casi perpetuo, a la brisa amable acariciando el rostro iluminado por la felicidad, a la calle El Molino con los amigos, al colegio con los compañeros, a casa con papá y los hermanos.
Aquel viejo Madrid no podía ser un Madrid de los Austrias, un Madrid del Paseo del Prado calle abajo buscando Neptuno, un Madrid de la Castellana, un Madrid de la Diosa Cibeles, un Madrid de neón de la Gran Vía, un Madrid castizo y canalla de Malasaña, Lavapies, La Latina. Esos bellos, históricos y mágicos “Madriles” no alcanzaban para nosotros, para mí, que solamente tenía pensamientos para salir de allí y regresar al calor, a la protección, al amor del hogar familiar.

Me debe media disculpa Madrid, la otra media estoy dispuesto a cobrármela y para eso me queda vida por delante.


acróbata



4 comentarios:

  1. Acabas de hacerme volver a la infancia, donde la visita al médico implicaba en tu imaginación la gran aventura del asalto a la gran ciudad que casi nunca se materializaba según tu deseo...

    Mi Madrid es adulto, y pasa por alguno de los lugares que nombras, y siempre, siempre, vuelve al templo de Debod... Yo también volveré.

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    1. Gracias, Magda.
      De Madrid al cielo.

      Besos, guapa!!

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  2. Aun restan calles y regresos. Y sobre todo, vida.

    Saludos, Tomás.

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