lunes, 28 de enero de 2013

La creación.


-¡Madre!, ¡madre!, ¡madre!
-¿Qué te pasa Adán?
-No lo sé, sólo que me falta algo y esa falta me ahoga.
-¿Algo?
-Sí, algo, me falta madre.
-Y eso qué es...

Fue entonces cuando la serpiente atenta a la conversación y más que cansada de los inventos de dios, que creaba de la nada sin tener en cuenta la necesidad de los creados, intervino a su pesar:

-Eva, tu hombre nunca tendrá madre, pues es el nacido del barro del padre sin necesidad de madre, pero tú y solo tú podrás ahorrarle a sus hijos de esa angustia.
-¿Yo?, ¿cómo?, si nada más soy la creación de dios sacada de una de sus costillas.
-Comerás el fruto del árbol prohibido y con él adquirirás conciencia.
-No, yo no puedo hacer eso, va contra las reglas.
-Qué reglas, las impuestas por un insensible que ha sido incapaz de crear algo perfecto a pesar de su supuesta perfección.
-¿Cómo te atreves?, nos ha hecho a su imagen y semejanza.
-Tú misma lo has dicho...
Mientras tanto:
-¡Madre!, ¡madre!, ¡madre!
Adán, cada vez con unos gritos más desgarradores, más dolientes, llamaba a quien no conocía, a quién no tenía.
-Esto es insufrible, esto no hay corazón capaz de soportarlo.-Exclamaba Eva compungida.
-Come y sobre todo, dale de comer, solo entonces sabrá, solo entonces seréis a su imagen y semejanza.
Y Eva, en un momento de lucidez para algunos, de debilidad para otros, haciendo caso a la serpiente, creación también de un dios que se aburría en su soledad y a la que concedió el don de la inteligencia, pero no así el de la procreación, comió y con ella Adán.
Inmediatamente obtuvieron conciencia y con ello abrieron los ojos a la realidad, eran dioses y como tales actuarían. Aunque eso sí, eran dioses con conciencia de creación y de creados, lo que sin duda les llevaría a la máxima perfección, a la curvatura del triángulo.
Pero dios también fue consciente al momento de todo lo acontecido, pues como ser supremo nada pasaba desapercibido para él y henchido de vanidad no podía consentir que nadie osará ponerse a su misma altura, ni tan siquiera su propia obra divina. Así que, llegando hasta ellos, los maldijo robándoles la inmortalidad y condenándoles a vagar por el inframundo, un lugar hermoso y a la vez horrendo, pues allí había ido arrojando todos sus errores, todo lo que en su momento creo y más tarde no lo quiso cerca de él. No pudo arrebatarles el don de la conciencia, pues ese don adquirido fuera de él era ya era por siempre de todos los hombres nacidos de Eva y de su prole., pero sí pudo quitarles la memoria de lo que era. Lo cual les traería, nos traería el enfrentamiento constante entre nosotros mismos, entre la perfección que apenas unos instantes tuvimos y la imperfección eterna a la que nos condenaba.
En cuanto a la serpiente, también la expulsó de aquel mundo sin dolor y la condenó a lo más bajo, a tener que arrastrarse por los suelos y a ser odiada por siempre por los hombres. Y esto, mal que le pese,aunque mayoritariamente es así, no ha sido del todo cierto y son muchos los hombres, que a lo largo de la historia la han adorado como símbolo de la sabiduría arrebatada, de la ciencia que se perdió y que tratan de recobrarla.
Contra esto y contra la conciencia que busca su auténtica condición, dios creo las religiones, enemigas acérrimas del Hombre y de los hombres.
Y en esa lucha de miles y miles de años estamos dentro de nuestra finitud. Una finitud en cuerpo que no en espíritu, que de generación en generación va pasando de padres a hijos y de estos a los suyos. De ahí la constante ambición, lucha por avanzar hacía lo desconocido, por desentrañar la sabiduría misma de la creación. Una batalla sin cuartel por recuperar lo perdido, lo arrebatado, la divinidad de un instante donde conciencia y Hombre eran todo uno.
No son los hombres de dios los que luchan por el Hombre, son los seres de Ciencia, de la manzana del árbol prohibido, los que se dejan la piel por alcanzar lo que el Hombre tuvo durante apenas un soplo de eternidad. Eso que nos hizo perfectos en un mundo perfecto, eso que nos puso a su misma altura, algo insoportable para su soberbia de ser único.

-¡Madre!, ¡madre!, ¡madre!
-Sí, hijo.
-Quién soy, qué hacemos aquí...
-No sé hijo, supongo que buscar lo arrebatado, volver a la cuadratura de la circunferencia o en este caso a la triangulación del círculo, donde los tres ángulos sean uno solo, redondo, sin principio ni final... e infinito.



acróbata

2 comentarios:

  1. Qué haríamos nosotros sin las Evas??? Muy buena visión de eso que llamas creación. Al menos, divertida. Saludos.

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  2. Nunca dejaremos de buscar .. Y .. si algún día obtenemos respuesta .. las aceptaremos? .. No lo creo .. Siempre querremos saber más

    Me ha gustado mucho .. Un beso

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