viernes, 7 de diciembre de 2012

Hermano árbol.


A lo largo de miles de días, cientos de años, decenas de centurias he sido un pino a la orilla de la carretera. Hoy, día primero tras mi tala, ya apenas soy nada, solo recuerdo de un tiempo que ha pasado, olvido de un hueco vacío donde antes sustentaban mi verticalidad un buen puñado de raíces.

Todo comenzó una buena mañana en los albores de la memoria, en la que fui plantando, por una mano anónima, a la orilla de un camino empedrado, con la única misión de ir creciendo a lo alto y a lo ancho en la esperanza de que diera buena sombra al caminante, siempre tan necesitado de refugio y abrigo. Así, sin más pensamiento que la de crecer y crecer, llenándome de ramas y estas de nuevos tallos, pasó el tiempo sin casi darme cuenta. Y yo, feliz de la vida, a muchos, a muchísimos caminantes, algunos con rumbo fijo, otros fijos en un rumbo desconocido hasta para ellos mismos, di cobijo y buenas horas de sombra en las luminosas horas sin sombra.
Después llegó el ruido, un ruido sucio y humeante con el que rápidamente cambió el paisaje. Ya no eran los caminos de piedra y tierra prensada de mi niñez, juventud y primera edad adulta, ahora una oscura y maloliente película de asfalto lo impregnaba todo. Tampoco los caminantes eran los mismos, pues ni tan siquiera ya caminaban, sino que rodaban y todo lo más se acercaban hasta mí para echarme una meada, cuando no incluso, una humeante colilla que más de una vez estuvo a punto de prenderme fuego.
Como estos nuevos caminantes siempre iban con prisas y las prisas que se sepa nunca han sido buenas consejeras, algún que otro acababa empotrando su armadura metálica contra mi tronco, lo que además de producirme distintas heridas de diversa consideración, en alguna que otra ocasión de infausto recuerdo, vino también a poner punto y final a alguna vida inocente.
A consecuencia de eso idearon pintarme un buen cacho de blanco. No me gustaba nada esta nueva vestimenta, que me hacía sentirme como un payaso de feria, pero entendía que si servía para poner freno a tanta herida, a siquiera salvar la vida de una inocente criatura, bienvenida fuese esa absurda prenda de pintura.
Cierto es, que algo mejoró en principio el asunto, mas como el Hombre es estúpido por naturaleza y cuantas más generaciones pasan por él más y más se acentúa su estupidez, su otrora ligera esclavitud del tiempo vino a tornarse en enfermedad crónica de apego a la apretada esposa de su muñeca izquierda. Y así, comenzaron a llegar rumores por medio de los pajarillos que se posaban en nuestras ramas, que una nueva y sórdida costumbre venía creciendo por los cuatro horizontes. Y esta no era otra que la de transformar los otrora viejos caminos y ahora estrechas carreteras, en vías de alta capacidad cada vez más y más anchas, casi tanto como la ambición desmedida del Hombre, alisando y arrancando de cuajo todo lo que se opusiese a este salvaje ensanchamiento en el intento de dar cabida a más y más vehículos, con cada vez más prisa, en su ansía infinita de ir de un lugar a otro sin apenas perder tiempo, como si con ello ganaran vida.

Así, fuimos viendo, mis parientes los árboles y yo, como lo que en un principio había sido solo un rumor de pico de las aves, que en sus migraciones camino del buen clima paraban a descansar en nuestras ramas, se iba convirtiendo en toda una certeza ,que a ojos vista, ya casi contemplábamos en lontananza los días de atmósfera clara, cuando los árboles más altos oteábamos el horizonte desde nuestra copa en el desespero de confirmar o desmentir dicha información.

Hasta que una mañana calurosa, en plena canícula estival, se acercaron hasta el mismo pie de nuestra fresca sombra, una ruidosa cuadrilla de nuevos caminantes, que armados de sierras mecánicas, sin siquiera una lágrima, sin el más mínimo cargo de conciencia, con el ruido asesino de esa cadena dentada, en apenas unas pocas horas pusieron punto y final a miles de días, cientos de años, decenas de centurias de dar sombra y cobijo a tantas y tantas especies vivas en su camino hacía su siguiente destino. Incluso al mismo Hombre, que iluso de él, por tal de dejar paso a lo que llaman futuro, acomete crímenes por donde pasa.
Y ahora me pregunto yo: Qué futuro, acaso no comprenden que sin el hermano árbol, el hermano bosque, el hermano animalillo, la gran madre naturaleza...no va a haber presente para nadie, no habrá futuro para el Hombre.

Ya solo soy un recuerdo, un recuerdo camino el olvido que daba sombra al caminante, refugio al de paso, que empeñado en su camino hacía ninguna parte está acabando con los caminos, con las sombras, con todo...dirigiéndose de cabeza hacía la nada. Y digo yo, qué hará cuando llegue al lugar al que se dirige, si ya no habrá retroceso posible, si será su propio fin y el de tantos y tantos hermanos inocentes de esta locura, víctimas de esta insensatez con tan mal destino.



acróbata

4 comentarios:

  1. No te apures arbol, tu madre es tan enorme que le cuesta salvar la inercia, pero cuando eche a rodar aplastara a esos hijos suyos caprichosos y discolossin el menor remordimiento y todo volvera a ser como nunca deberia haber dejado de ser.

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  2. Muy buen relato, amigo Acróbata. Parece la voz de Teneré.

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  3. "Incluso al mismo Hombre, que iluso de él, por tal de dejar paso a lo que llaman futuro, acomete crímenes por donde pasa.
    Y ahora me pregunto yo: Qué futuro, acaso no comprenden que sin el hermano árbol, el hermano bosque, el hermano animalillo, la gran madre naturaleza...no va a haber presente para nadie, no habrá futuro para el Hombre" ¡Mi parte favorita! Usted siempre me deja maravillada con sus textos, tengo el atrevimiento de decir que es mi blog favorito :)

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  4. Recuerdo al pino de mi niñez...ellos, los árboles, son inolvidables.

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