viernes, 16 de noviembre de 2012

En blanco.


Como cada noche de estos últimos tiempos, que ya casi no eran últimos sino viejos, comenzó con la rutina de prepararse todo lo necesario para el día siguiente antes de irse a la cama. La monotonía de la vida le hacía hacer las tareas sin apenas tener que prestarles atención. Todos sus días eran iguales, al lunes le sucedía el martes y así hasta el viernes noche, donde, sin siquiera necesidad de mirar el calendario, su cuerpo cogía por si solo la monotonía del fin de semana, para soltarla el domingo por la noche.

Lo cierto es que estaba cansado de lo que él llamaba la nada, un cansancio que aquella noche iba más allá del simple hastío de otras veces. Así, sin pensárselo dos veces, dejó todo como estaba y sin preparar nada se echó a la cama. Pensaba él que aquel acto de rebeldía, si es que de ese modo se le puede llamar, supondría toda una liberación. Nada más lejos de la realidad. Apenas habían transcurrido unos minutos y enfadado consigo mismo por sentirse esclavo de la rutina, inmediatamente preparó como siempre lo necesario para iniciar la jornada siguiente. Ahora sí, ya calmado, aunque realmente deprimido, se metió bajo las sábanas deseando con toda su alma un cambio radical en su vida.

A la mañana siguiente, como cada jornada laboral, sonó el despertador a la hora convenida e inmediatamente abrió los ojos de golpe, como un resorte automático al que le han apretado el botón de inicio. Y cuál no fue su sorpresa, cuando de repente comprobó, que sus ojos no veían nada, mejor dicho, todo lo veían en blanco, un blanco inmaculado que lejos de proveerle una paz celestial lo puso histérico, sintiéndose en el mismo infierno. Realmente fuera de si, volvió a cerrarlos de golpe, esperando que al abrirlos de nuevo aquella terrible sensación hubiese sido solamente un mal trago pasajero.

Se le hicieron eternos esos pocos segundos que decidió darse de pausa, antes de afrontar lo que consideraba, quizás como el peor episodio que recordaba. Aquellos breves instantes estaban siendo auténticas losas de tiempo, en las que además de darle lugar de repasar mentalmente toda su vida hasta aquel mismo momento, a la vez también le daban ocasión de pensar con temor, lo que podría ser su existencia a partir de aquel fatídico despertar privado de su vista.

Era tontería continuar alargando aquel sufrimiento, abrió los ojos de nuevo, esta vez poco a poco, pues iluso él, tratando de consolarse, pensaba que tal vez aquella aparente desgracia era debida a su absurda manía de ponerse en marcha sin perder ni un segundo.

Pero no, a pesar de todas las precauciones que había tomado, otra vez comprobó consternado que no veía nada. Bueno, para ser más exactos si veía, pero al igual que anteriormente todo en blanco. En esta ocasión todo su mundo interior se derrumbó como un castillo de naipes y con un ronco rugido, ante la caída de los pilares que soportaban el edificio sólido donde había construido su monótona vida, un grito terrorífico ascendió por su garganta buscando con desespero el abismo de sus labios, mas ese grito mudo rompió sobre sus dientes, produciendo un sonido sordo, que solo él, de oídos adentro, pudo escuchar en cada célula de su ser. Hasta la voz había perdido a consecuencia de la angustia que le invadía.

Pasó el tiempo, un tiempo, que igual podía tratarse de toda una vida, que de apenas unos segundos, pues para él la vida, su vida tan organizada, tan milimetrada se había quebrado en dos para siempre. Deseo con toda su alma el regreso de su monotonía, una monotonía que ahora amaba como algo suyo, como una segunda piel que le resguardaba del frío en los inviernos de los días laborables y de los calores estivales de los fines de semana. Era terrible lo que le sucedía y dejándose arrastrar por sus sentimientos, algo que nunca se había permitido hasta aquel momento y menos fuera de horario de sentimentalismos, rompió a llorar como una Magdalena y al igual que una presa colmada de tristeza y largamente contenida tras los muros de cemento de los párpados, esperó resignado él sentir correr un mar de lágrimas por sus mejillas rasuradas cada día, pero solamente sintió un incómodo escozor en los ojos que sin ser improductivo no corría río abajo, instintivamente se llevó los dedos a sus lagrimales temiendo una nueva y terrible sorpresa...entonces comprendió...

Esa noche, tras romperse la persiana de su ventana e intentando evitar la luz de una farola de la calle que alumbraba con fuerza de mil soles, se había acostado con un antifaz blanco de seda que nunca había utilizado hasta la fecha, tratando con ello el no alterar sus estipuladas horas de sueño.

Bendita rutina o no...


acróbata

5 comentarios:

  1. El terror panico precisamente viene de dejar de escuchar la siringa de Pan que es la rutina que si deberia aterrorizarnos.

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  2. Una buena entrada.
    Feliz fin de semana.

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  3. Cuando leí, ventana, farola, soles, pensé que había caído!!!

    Coincido, bendita rutina, o no.

    Saludos, Tomás. Buenas tardes.

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  4. Buenas noches Acróbata. Es la primera vez que comento, así que saludos! Me encanta tu blog! Que cautivadora puede llegar a ser la monotonía! Muchas veces nos quejamos de lo que no tenemos, de lo que nunca cambiamos, de lo deberíamos ser y no somos, pero al mismo tiempo no somos capaces de asimilar la pérdida de esa monotonía o las consecuencias que puedan acarrear dichos cambios.

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  5. Muchas gracias por vuestras palabras.

    Bienvenido Joan.

    Abrazos.

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