sábado, 24 de noviembre de 2012

Él es...


En la soledad de su hogar, enfadado con el mundo que le rodeaba, descargó su ira dando un puñetazo sobre la mesa. Instantáneamente, un dolor sordo trepó por el alba de su espalda recorriendo todo su espinazo, para venir a morderle con saña el crepúsculo de su cuello. Este repentino bocado sin dientes que acababa de sufrir, aparte de dejarle medio doblado, provocó en él un sentimiento de desconcierto que nunca antes había sentido.
No era natural, aquel dolor todo lo más, y no tan fuerte, lo debería haber sentido en su mano, pero esta, aunque enrojecida por el impacto, no tenía el más mínimo rasguño y además apenas si le dolía.
Cegado por el dolor que lejos de disminuir no dejaba de atormentarle toda la parte posterior de su cuerpo, se dejó caer al suelo y una vez ahí, estando con los párpados bien apretados, buscando con ello paliar así ese sufrimiento, un punto de luz comenzó a tomar cuerpo en mitad de la oscuridad de sus ojos cerrados. Ese punto crecía y crecía sin medida, ocupando todo espacio, llenando por completo el orbe oscuro de su no visión. Se sobresaltó e instintivamente, olvidando casi el sufrimiento de su maltrecha espalda, abrió los ojos intentando situarse en el espacio. Mas una vez abiertos fue cuando de verdad comenzó a sentir pánico, pues ese punto, lejos de disiparse en lo que él quería pensar había sido una reacción biológica de su cuerpo, seguía creciendo y creciendo engullendo todo a su alrededor, amenazando incluso con tragarlo a él. Preso de la angustia pensó que aquello debía de ser un agujero negro que inexplicablemente se había formado en la cocina de su hogar y que terminaría absorbiéndolo todo. Pero aquella explicación tampoco le convencía, pues un agujero si que era y si que estaba tragándose paredes, techo, suelo, mobiliario... pero era un agujero de luz que engullía sombras. Inmóvil y casi conformado a su fatal destino, el miedo y la angustia de sentir su fin tan cercano, fue dejando paso a un estado de conformidad que le llevo a una paz interna que nunca antes había sentido. Y fue entonces cuando comenzó a percibir que justo en el centro del luminoso agujero había algo, mejor dicho, había mucho, había todo. Y vio...

Vio todo y a todos: vio lo que había sido, lo que estaba siendo y lo que sería. Vio el inicio mismo del Universo y también el final, que tan solo era un nuevo comienzo. Vio como nació la vida y como poco a poco, fracaso a fracaso, éxito a éxito fue evolucionando, y como también esa evolución terminaba una y otra vez, y una y otra vez volvía a comenzar de nuevo. Y vio como la célula se transformó en organismo, y en individuo,  y en especie... Y vio como la semilla en tallo y este en tronco, y en árbol, y lo que más le desconcertó en mueble.

Y vio como pasaba el tiempo, un tiempo de miles, de millones de años y él lo contemplaba en su totalidad, veía un eslabón del tiempo y al mismo tiempo la cadena entera, veía alba y ocaso de todo momento habido y por haber. Y entonces pudo ver como ese primer organismo de vida se iba haciendo cada vez más complejo y llegados a este punto no solo lo vio, también lo sintió, sintió que era él y esto le asustó y al mismo tiempo le reconfortó.
De ahí en adelante, ya no solo veía con sus ojos, veía y sentía con cada célula de su ser, con cada punto de su espíritu, pues no había duda, la carne no era el fin. Ya tranquilo, continuo disfrutando de esa visión, aunque aún no sabía a qué venía aquella experiencia sobrenatural que le estaba sucediendo. Pronto, muy pronto lo iba a saber...
Liberado de la angustia contempló, si es que así se le podía llamar lo que le estaba sucediendo, porque ahora ya daba lo mismo que cerrase sus ojos, pues igual era consciente de todo, como fue océano, y viento, y barca, y horizonte, y bosque...e incluso puerto. Sí puerto y allí arribaba y a la vez marchaba, lo era todo y todos y lo más difícil de entender en un mismo tiempo que no tenía tiempo...Entonces, sin levantarse del suelo, estuvo en pie y a la vez acostado, y fue suelo y techo... Y sí, seguía siendo él y aunque el dolor había desaparecido por completo seguía doliéndole, pero ya no le dolía la espalda y se percató que le dolía la mesa, sí, la mesa, y aquel pedazo de madera que el creía inerte, estaba llorando y cada lágrima de esa mesa corría por sus mejillas y ese llanto le consoló y a la vez consoló a la mesa, porque él también era la mesa. Y cuando ese llanto cesó y con el marchó su dolor de espalda y de mesa, la visión igual que había venido marchó, dejando toda la cocina igual que estaba, en la penumbra de un atardecer que para él pasó a ser un nuevo amanecer a la vida.

Hoy los que le conocen dicen que está medio loco, pues siempre sonríe y por sus ojos mana una paz interior que a muchos atemoriza. Él no dice nada al respecto y nunca tiene un mal gesto, una mala palabra, una mala acción para con nada ni con nadie. Él lo sabe y ya nada teme...Él es él y a la vez es todos...Él es el Universo y es infinito.


acróbata


2 comentarios:

  1. Sonríe desde su infinitud...

    Saludos, Tomás.

    ResponderEliminar
  2. Alcanzar ese estado algunos lo llaman Nirvana...

    Besitos, terroset de sucre.

    ResponderEliminar