viernes, 24 de agosto de 2012

Voy.


Escucho el timbre nuevo
de la puerta de casa
y me asombro
de la tartamudez de su llamada.
Decido ignorarlo,
(………………….)
No por algo personal contra los tartamudos,
simplemente porque no reconozco
su repetitiva voz de chicharra
y por la hora temprana de la tarde
debe de tratarse de un vendedor de enciclopedias.

Al poco,
interrumpe el constante gotear del tiempo
el agudo tono del teléfono,
que martillea con insistencia,
lo dejo sonar…
Un tono, dos tonos, tres tonos…
Y comprendo que al igual que el timbre
este también tartamudea lo suyo,
además de bailarse un “zapateao”
sobre el tablao de la mesa.
(Deja de sonar)

Inmediatamente,
Un guitarreo reiterativo me comunica
que acaba de llegar un email al correo.
Lo abro:

-Sé que estás en casa,
déjate ya el tartamudeo de pensamiento
y la indecisión de acción,
levántate del sofá
y ábreme la puerta de una vez
que he olvidado las llaves dentro.

En fin…
Otro día cuento lo gangoso
que suena el viejo tocadiscos
cuando pongo los vinilos sencillos
a treinta y tres revoluciones por minuto,
por momentos me quedo esperando
un chiste tonto de Arévalo,
pero sólo llega hasta mis oídos
una antigua canción de ritmo endemoniado
claramente venida a menos…


acróbata

6 comentarios:

  1. Hay que ver lo entretenido que eres...

    Un abrazo.

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  2. Gracias Laura.

    Debes de estar aburrida...jajajaj.

    Un abrazo amiga y perdón por la confianza que me he tomado.

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  3. Pues a mi me ha resultado la mar de interesante, a la próxima que suenen escucharé el tartamudeo de los timbres.

    Un saludo

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  4. Oídos sordos, oídos sordos, pero de todos modos...vas.

    Saludos, Tomás.

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  5. Eso pasa por escuchar.
    Un saludo.

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  6. No escucho, simplemente no soy sordo.

    Abrazos gente.

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