viernes, 4 de mayo de 2012

Crónica de un imposible.


Aún hoy, después de todo, no sé muy bien si la ficción anticipa a la realidad en los hechos más sorprendentes o acaso es esta la que se empeña en trazar una senda imposible a la imaginación para comprobar si en alguna ocasión es capaz de superarla.
Yo nunca había leído nada de él, es más, para qué engañarnos, entonces yo no sabía siquiera que el autor de este libro existía. No es que conociese esta obra y creyese que se había escrito sola, (eso sí que sería algo imaginativamente sorpresivo), es que como estoy tratando de decir, no conocía nada de nada de ese escritor, que según tengo entendido en la actualidad, siempre ha sido de culto, (no me extraña que yo no supiese nada de él, y es que por aquellos entonces yo no era nada creyente). Ay señorcico, con lo fácil que sería continuar leyendo al guerrero del antifaz.
Todo comenzó en el momento que salí de ese edificio del barrio de la prosperidad para regresar a casa y le di el alto a un taxi con las luces de libre encendidas. Cuando este iba a detenerse justo a mi altura, vino otro taxi con el cartelito de ocupado en su cristal delantero pitándole alocadamente, con lo que consiguió que ese primer taxista volviese a acelerar para largarse como alma que lleva el diablo. Pensaba yo: <<Vaya hombre, con la prisa que tengo y viene este loco a espantarme al taxi ese que estaba libre>>
Así que sin pensármelo demasiado acepté subirme con este segundo taxi que no estaba ocupado aunque llevase la bandera bajada, lo cual dicho sea de paso, tampoco es que tuviese muchas opciones a negarme, pues sin mediar palabra ese loco taxista ya había cogido mi maleta y la había colocado junto a él en el asiento delantero.

-Buenos días, por favor acérqueme a la estación de tren.- le dije yo educadamente.

-Buenos serán para usted, y no, no voy a subir la radio.- Me contestó hecho un basilisco a la vez que pisaba el acelerador sin contemplaciones. Inmediatamente el coche con un ensordecedor chirriar de neumáticos, dio un brinco hacía adelante incorporándose medio cruzado al atestado carril de nuestra izquierda. Gracias a lo que pareció un milagro en toda regla no nos llevó por delante un todoterreno que con un rápido volantazo evasivo vino a empotrarse contra el autobús de línea. Todo esto acompañado con una atronadora pitada de la que sin duda nosotros éramos más que merecedores. Como yo soy hombre de poca acción y fácil angustia, además de sufrir de cálculos en el riñón (parece que esto último no tiene mucho que ver con lo que nos ocupa, pero nunca se sabe) le exigí que detuviera inmediatamente el vehículo para bajarme:

 -Pare el coche ahora mismo, que me bajo.

-No me da la gana y ni se le ocurra volver a fumar, que entonces no respondo de mis actos.

-Pero qué dice, si yo no fumo.- Contesté enervado, si encima que me había costado lo suyo dejar el vicio, este taxista desequilibrado, que parecía querer matarnos con su forma de conducir, iba a poner en duda mi honradez. Vamos, a mí, que había sido un fumador modélico, que no fumaba en ningún lugar cerrado ni cuando se podía fumar hasta en las consultas médicas.

-Ya, ya, a mí me lo va a decir.- Dijo mientras echaba mano del rosario que llevaba colgado del espejo retrovisor y con un nuevo volantazo a la derecha, saltándose el semáforo, se incorporó al principio de la avenida que acababa justo a las puertas de la estación. Ni que decir tiene que esta brusca e inesperada maniobra suya, además de conseguir que mi cuerpo diese un tumbo sobre el asiento trasero, que dos coches después de esquivarnos acabaran haciendo alunizaje en una acristalada sucursal bancaria y que un guardia urbano, que andaba por allí desordenando el tráfico, se tragara el pito, también logró que viniera a golpearme ese libro en mi cabeza tras salir disparado de la parte trasera, donde por lo visto lo había olvidado el último cliente de este loco taxista. No me extraña que saliese el pobre cliente echando leches de ese coche del demonio, dejándose allí alguna posesión suya. Lo más curioso es que en cuanto cogí ese libro entre mis manos, el taxista, que no paraba de mirarme por el espejo retrovisor, se puso histérico perdido e inmediatamente subió exageradamente el volumen de la radio, que en esos momentos estaba sintonizada con el noticiario de una conocida cadena de radio. Comentaba el presentador que un loco a bordo de un taxi estaba ocasionando aparatosos accidentes a lo largo de su trayecto. Yo, que ya no sabía si decirle algo o no, pues tenía la convicción que las pocas posibilidades que tenía de salir de allí con vida pasaban por no soliviantarle más, guardé silencio. Al instante, tras una nueva brusca aceleración y cuando ya al fondo, allá delante, se adivinaba la conocida estructura circular de la estación ferroviaria, se empeñó en que fumase:

-Tome, si se empeña en saltarse todas las normas de mi taxi, fume, pero por Dios, quite ese libro de mi vista.- Dijo lanzándome su paquete de cigarrillos rubios.

-Que yo no fumo.- dije moviendo involuntariamente el libro que sostenía entre mis manos para que no volviese a salir volando entre tanto acelerón y volantazo. Ese pequeño baile del libro trajo consigo que el tipo se pusiese aún más violento, amenazando con estrellarse adrede contra las columnas de uno de los puentes peatonales que cruzaban por encima de la avenida que en ese momento atravesábamos como locos. Creía yo que de esa no salía entero, así que mandé a la porra todo y me encendí un cigarrillo. Para qué lo haría, enseguida me insultó gravemente y con un nuevo frenazo perdí el equilibrio y vine a darme de bruces contra su asiento y a apagarle sin querer la brasa del cigarrillo sobre su cuello. Un grito desgarrador salió de su boca espumeante y volviendo a acelerar de nuevo con todas sus fuerzas, el pobre coche se descontroló por completo. Íbamos hacía delante de manera suicida, sin nadie al volante, pues el tío loco estaba girado hacía mí intentando golpearme con un martillo de juguete que había sacado de la guantera. En esas, cuando la estación se agigantaba a ojos vista delante nuestra, un coche patrulla de la guardia urbana intentó cerrarnos el paso dándonos ligeramente por el costado, lo cual solamente consiguió desestabilizarnos aún más y que fuésemos a empotrarnos contra el quiosco de prensa que había justo a las puertas de la estación. Fue un violento choque del que milagrosamente salimos casi ilesos para lo que podía haber sido: Yo con unos ligeros arañazos de nada en la espalda y él, a pesar de salir disparado por el parabrisas, solamente con una pequeña contusión en la cara, y todo gracias a que toda su humanidad en vuelo vino a ser amortiguada por la edición envuelta de un conocido periódico de actualidad. La única parte de su rostro que recibió un ligero golpe, fue su ojo derecho y eso porque coincidió que vino a dar de lleno con una noticia sobre actualidad repleta de cardenales.

Después de ser atendido y viendo que no tenía nada reseñable que me impidiese viajar, decidí tomar mi tren para regresar cuanto antes a casa, era evidente que aquella ciudad era un lugar de locos que no convenía a mi precaria salud. Una vez acomodado en mi asiento del tren, rebuscando entre mis cosas, descubrí el libro en cuestión, no tenía ni idea de cómo vino a acabar dentro de mi maleta, ¿sería cuestión de la providencia o acaso es que no quería ese libro el verse mezclado en asuntos tan turbios y así evitar el serio riesgo de convertir a más clientes en personajes de la rebuscada imaginación de un autor de culto?
Como no tenía nada a mano con lo que matar el tiempo y el viaje era bastante largo, me decidí a echarle un vistazo a ese ejemplar en apariencia tan peligroso. Como suelo hacer con bastante de lo que leo, primero ojeé la reseña de la contraportada (nada del otro mundo) y a continuación lo abrí al azar para leer una página cualquiera, a ver que primera impresión me dejaba. Casualidades de la vida o de la literatura, según se quiera entender, vine a dar con un articuento parece ser que autobiográfico, (eso pensaba yo en aquel momento) que narraba como el autor tras tomar un taxi, tenía que lidiar con las malas artes del conductor. Un tipo con aspecto de chuleta de barrio que tenía un rosario colgado del espejo retrovisor a modo de péndulo con el que trataba de hipnotizar a sus clientes.
El escritor, tras pedirle en repetidas ocasiones que subiese el volumen para poder escuchar las noticias, viendo sorprendido que el despechado taxista trataba de engañarlo haciendo como que lo subía cuando en realidad lo bajaba, se vengaba de semejante afrenta, poniéndose a fumar como un poseso cuando por todo el vehículo había situados estratégicamente carteles que avisaban que aquel era un taxi libre de malos humos, y cuando el encolerizado taxista le mandaba apagar su cigarrillo, él hacía como que lo apagaba en el cenicero y dándole una nueva calada le echaba el humo a la cara.

No hace faltar decir que leí esa historia de un tirón, iba de sorpresa en sorpresa. Después de todo, ya no sé qué me causaba más estupor: Que ese taxista, el de la historia que acababa de terminar de leer, fuera el mismo que por poco me mata a mí en ese loca carrera hasta la estación de tren o que el pobre hombre no estuviese aún peor de su cabeza, pues si la fecha de edición de este libro es correcta, lleva sus buenos años de carreras soportando esa imposible historia que le persigue desde aquel día que llevó al autor de esa recopilación de articuentos en su taxi y éste se dejara olvidado sobre la parte trasera de su coche este mismo ejemplar que ahora reposa entre mis manos.


acróbata

3 comentarios:

  1. A veces la vida nos sorprende con estas paradojas que no hacen más que desocolocarnos y hacernos pensar de qué loco manipulador somos juguetes en este universo inaudito.

    En todo caso nos ha encantado leerte.

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  2. La vida y el tiempo enloquecieron.
    Es más divertido así.

    Saludos.

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  3. De esas historias de taxis se podría hacer una enciclopedia.

    Besos, requeteguapo.

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