lunes, 9 de abril de 2012

Tres días.


Hoy me he enterado que mi amigo Evaristo lleva tres días seguidos viendo la televisión sin parar siquiera un instante, su abuela, ya cansada de decirle que se va a matar de semejante atracón televisivo me ha llamado para que acuda a hablar con él a ver si puedo convencerle de que pare o al menos me diga el por qué de esa repentina actitud suya. Por supuesto le he preguntado cómo había comenzado todo, pues bien sabido es por los que tenemos la suerte de conocerlo, que a él nunca le ha gustado perder el tiempo consumiendo su vida observando la de los demás. La mujer me ha comentado que llegó a casa de la calle con un pequeño televisor bajo el brazo, lo instaló en su cuarto, lo encendió silenciando el volumen, cogió un voluminoso taco de folios en blanco, unos cuantos lápices y desde entonces tan solo abre la boca para decir “otro” y “otro” y “otro más”, mientras no para de anotar datos en las páginas, rellenando cada poco una. Así se pasa las horas muertas noche y día, y cuando alguno de sus sobrinos se acerca hasta la puerta de su cuarto no les permite ni tan siquiera traspasar el umbral de entrada.

Bastante intrigado me he desplazado hasta su vivienda y una vez allí he podido contemplar todo lo que su abuela me ha comentado, sorprendiéndome vivamente, pues es aún peor de lo que había pensado en un primer momento. Presenta Evaristo un aspecto deplorable, tiene los ojos desencajados de tantas horas sin descansar, su semblante, a parte de la dolorosa palidez que presenta, muestra una infinita expresión de tristeza y no atiende a razones, tan solo mira fijo la pantalla mientras cada poco cambia de canal y anota datos en hojas sueltas, ya tiene una buena pila de páginas llenas de nerviosa caligrafía tiradas por el suelo junto a su silla. Después de preguntarle repetidas veces que demonios le pasa, por fin ha apartado un momento su mirada de la pantalla y con un ligero ademán de su mano me ha invitado a pasar a su cuarto y sentarme junto a él. Me he acercado temeroso sin siquiera imaginar que diablos podía estar viendo y menuda sorpresa me he llevado, pues aunque no para de cambiar de canal cada poco, no hay nada que me llame especialmente la atención, lo mismo de siempre: Series mil veces repetidas, publicidad en cantidades industriales, noticiarios repletos de malas noticias, alguna que otra película, dibujos animados, retransmisiones deportivas donde se ven los estadios llenos de gente, mucho programa de “reality show” donde supuestos famosos de tres al cuarto desnudan tanto sus intimidades como las del personal que vende sus secretos de alcobas...

Lentamente se ha girado hacía mí, he podido contemplar como dos gruesos lagrimones resbalaban por sus mejillas y dejando el último folio ligeramente arrugado que le quedaba sobre el suelo, me ha preguntado mirándome fijamente a los ojos:
-¿Qué ves tú en la televisión?- Ante semejante pregunta me he quedado un poco descolocado pues no me la esperaba, y tan solo le he podido contestar:
-No sé, lo mismo de siempre, supongo que como todo el mundo.

A continuación, se ha levantado, ha cogido con sus manos la pantalla y la ha estrellado contra la pared desierta de su cuarto haciéndola migas, todo esto dentro de una calma increíble, sin tan siquiera un ápice de violencia y me ha empezado a relatar tranquilamente su experiencia:
-Como bien sabes, hace ya bastante que abandoné el hábito de ver televisión, llevaba años sin sentarme delante de ninguno de estos aparatos, y después de darle vueltas al asunto, el otro día decidí darme un atracón televisivo pasando de un canal a otro cada poco a ver que me estaba perdiendo. Para intentar no obviar nada decidí apuntar todo lo reseñable que llamase mi atención. A las pocas horas ya fui consciente del horror que estaba contemplando y de las terribles consecuencias, pero decidí intentar ser objetivo y no juzgar a la ligera. Así, como ya te habrá contado mi abuela, he estado tres días seguidos sin descanso delante de este infernal aparato y creo que todo es peor incluso de lo que pensaba. Bastante asustado le he preguntado el por qué, y él me ha contestado:
-Porque he podido contemplar en apenas unas sesenta horas más de doscientos asesinatos, como unas treinta violaciones o al menos vejaciones de algún tipo, incontables atracos a mano armada, robos, palizas y mil actos más de violencia explícita e implícita, y todo esto con el televisor silenciado, no quiero ni imaginar la cantidad de violencia verbal que he tenido la suerte de no escuchar.
A estas alturas ya no he sabido que contestarle al bueno de Evaristo y tan solo se me ha ocurrido decirle que para eso estaban las calificaciones de edad y contenido.
Él me ha contestado que ni con esas se libraba el televidente de consumir violencia, pues hasta en los dibujos animados se mostraban actos violentos como si tal y me ha añadido una reflexión que creo nunca olvidaré:

-Cómo podemos sorprendernos de los terribles actos violentos que cada vez más acometen nuestros jóvenes de hoy en día si es lo que están artos de ver prácticamente desde que nacieron. 


acróbata


5 comentarios:

  1. Evaristo tiene más razón que un santo.
    La televisión "educa y forma" a millones de personas y con su "exquisita" programación están creando tipos de conductas cada vez más desastrosas.

    Saludos.

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  2. Uff¡¡ Yo llevo tres años sin ver la TV. Que me lo cuentan hace unos cuántos y me hubiera muerto de la risa. Pero sabes? no la echo de menos en absoluto ¡Pa lo que hay que ver¡

    Buen relato Tomás, que nos mentiene expectante desde el principio.

    Besos.

    PD: por cierto, no se si se debe al número de entradas que se han de cargar en la página principal cada vez, pero se me bloquea el pc cuando entro en tu blog y con el resto no me pasa.

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  3. Muchas gracias por vuestra visita.

    Abrazos.

    P.d: Blog aligerado, ya me diréis si ahora carga mejor y si podéis comentar con más facilidad.

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  4. La mía siempre está apagada...
    Para lo que hay que ver, verdad?
    Aunque la informaciones cibernáuticas
    también son de aupa.

    Besos, cosa guapa.

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