miércoles, 15 de febrero de 2012

El solitario.


En los últimos tiempos anda Evaristo muy enfadado consigo mismo, y es que si algo no soporta mi buen amigo son las trampas en los juegos. Él, todo honestidad, entiende que cuando se participa voluntariamente en un juego lúdico, las reglas están para respetarlas y más aún cuando se está conforme con las normas y nada se objeta al respecto. Por eso, no termina de entender el por qué cada vez que se echa una partida al solitario se descubre haciéndose descaradas trampas y encima, lo peor de todo, es que lo niega echándole la culpa a las situaciones más absurdas posibles: Que si es la baraja que ya venía marcada, que si se le ha caído una carta al suelo y no recuerda en que orden estaba en la baraja, que si ha sido una repentina racha de viento que ha movido los montones En fin, mil y una excusas, a cuál más increíble, por tal de no reconocer que hasta jugando al solitario termina haciéndose trampas por tal de no perder. Menudos enfados se me coge consigo mismo, tanto, tanto, que si no fuera porque no soporta la violencia física igual hasta llegaba a las manos consigo mismo, porque se aguanta en última instancia, que si no
De lo que no se libra es de negarse la palabra durante horas, para después, mientras pasea en silencio por la calle, en cuanto por casualidad se encuentra de morros con su cara reflejada en cualquiera de los escaparates, iniciar unas trifulcas monumentales, diciéndole de todo a su imagen reflejada. Tan grandes han sido en ocasiones las broncas que más de un transeúnte itinerante del barrio que no lo conoce, asustándose ante lo violenta que se tornaba la escena y no sabiendo exactamente lo que sucedía, ha llegado incluso a avisar a la policía. Otros, los más valientes o imprudentes según se mire, temiendo por la integridad de mi amigo trataron de llevárselo del escaparate de turno para así evitar males mayores, trayendo con ello un nuevo motivo de enfado para el bueno de Evaristo, que si algo tampoco le gusta es que se metan en su vida privada y menos aún cuando se trata de poner las cosa claras en una discusión. ¡Hombre!, hasta ahí podíamos llegar, acaso es él un cobarde y va a consentir que se salga con la suya el tramposo que lleva dentro. Pues nada más que faltaba eso, dejarle ganar cuando los dos saben que no lleva ni chispa de razón. ¿Qué sería lo próximo entonces que le tocaría aceptar?, no, no, que él conoce muy bien con quien se juega los cuartos y no es cuestión de dejarle pasar ni una. Ante semejante explicación dada, todo encendido él, más de un buen samaritano al comprender los hechos acababa también discutiendo con él, lo cual no era malo del todo para mi buen amigo, pues automáticamente, como por arte de magia se le pasaba el enfado consigo mismo y todo en su interior hacía piña para enfrentarse a lo que entendía como una agresión externa. Es por esto, que todos los que tenemos el gusto de conocerlo, a pesar de verle muy enfadado, discutiendo vivamente con los escaparates, no se nos ocurre intervenir en sus trifulcas personales y si algo, una vez ya pasado el temporal, le aconsejamos que deje de jugar al solitario. Evaristo, todo razones, a los íntimos siempre nos contesta lo mismo:

-Una vez que uno se conforma a lo que no le gusta de si mismo se terminó el crecimiento personal y yo hace mucho que deje de crecer físicamente, pero no me conformo a detener el espiritual, pues si algo temo es que una vez que se detenga no será para estabilizarse quedándose donde mismo, sino que como un peso muerto caerá, caerá y caerá, dejándome a mi mismo como persona por los suelos. Así que no, mientras pueda seguiré enfrentándome todas las veces que haga falta con mis defectos.

En fin, así es el bueno de mi amigo Evaristo, cualquiera le lleva la contra sin argumentos. Lo que si he hecho yo, intentado librarlo de tanto disgusto, es aconsejarle que juegue al solitario en el ordenador y no con la baraja de cartas, pero él me dice que con los juegos le pasa como con los libros, que igual que no soporta leerlos sin tocarlos, olerlos, verlos entre sus manos, con los naipes lo mismo. Además, cómo jugar entonces a su otra pasión con respecto a los naipes, que es lanzarle cartas a un sombrero vuelto boca arriba sobre su cama a ver cuántas es capaz de colar en su interior tras un hermoso vuelo recorriendo gran parte de su cuarto. Por cierto, otro motivo de enfado porque a menudo, cuando se apuesta algo al número de cartas que acaban dentro, tratar de engañarse amarrando un fino sedal casi invisible al sombrero, para moverlo con sigilo al mismo tiempo que echan a volar las cartas de su otra mano.


acróbata

6 comentarios:

  1. Cuando nos hacemos trampas, porque nos las hacemos, terminamos perdiendo...Si somos buenos jugadores, empatamos.

    Saludos muchos, Tomás.

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  2. Que lucha tan terrible la que tiene consigo mismo.
    Un día se pegará.

    Saludos.

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  3. Igual es evidente, pero ¿Está enfermo Evaristo? o solo enfadado consigo mismo? o es la soledad la que le hace desdoblarse para sentirse siempre acompañado?

    Pobre Evaristo; vive en un sinvivir.
    besos,

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  4. Muchas gracias por vuestras palabras.

    Después de treinta y tres entradas sobre él parece claro que Evaristo ni está enfermo, ni está enfadado consigo mismo ni se siente solitario...Simplemente Evaristo es así, Evaristo is diferent.

    Abrazos.

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  5. No le gusta perder a Evaristo eh?
    Mejor no llevarle la contraria.
    Hace una de mus?
    Besos, cosa guapa.

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  6. No le gusta perder a Evaristo eh?
    Mejor no llevarle la contraria.
    Hace una de mus?
    Besos, cosa guapa.

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