jueves, 1 de diciembre de 2011

Sí, sí, chinco minuto.


Tras una concienzuda tarde de observación desde mi ventana al restaurante chino de la calle de abajo, he terminado comprendiendo al fin el porque afirman que existen cerca de mil quinientos ciudadanos chinos. Es tan sencillo como que al ser todos prácticamente idénticos han debido de contar al mismo un buen montón de veces. Algo comprensible, pues a pequeña escala a mí me pasaba algo parecido con mis vecinos chinos, de tanto cruzarme con ellos por la calle estaba yo convencido que en el restaurante trabajaban al menos entre cuarenta o cincuenta personas y no, nada más que lo llevan entre cuatro.

Lo más curioso de todo esto es que mi interés en conocer cuántos lo llevaban surgió tras quedarme un poco traspuesto en el sofá de casa mientras veía un documental sobre las plagas de langosta en las planicies cultivadas de cereal. Se ve que ver tanta espiga convertida de pronto en polvo sin siquiera quedar un grano para que se renovase el ciclo natural produjo en mí el efecto de un potente somnífero. Al poco, tras un breve sueño premonitorio, desperté sobresaltado y cual fue mi sorpresa que esa nube inmensa de langostas se había convertido en una muchedumbre de rostros idénticos que deambulaban con prisas por las atestadas calles de una ciudad arrasada y contaminada donde escaseaban los recursos más vitales, ¿se habrían convertido los parientes cercanos de los saltamontes en hombres y mujeres prácticamente iguales? Era muy posible que no, lo más probable es que se tratase de un nuevo documental de televisión, pero decidí indagar yendo a cenar esa misma noche al restaurante de la esquina. Al fin y al cabo son los únicos chinos de los que podía obtener algo de información.
Nada más entrar por la puerta una chinita que no recordaba haberla visto por el barrio, (si son tantos millones igual es porque se reproducen por escisión, del mismo modo que las estrellas de mar) enseguida con una amplia sonrisa me condujo a una mesa esquinada que por supuesto no era de mi agrado, pues desde allí no podía yo vigilar todo el local, pero fue en vano mi intento de que me instalase en otra más centrada, ya que aunque a todo me decía que si con una amplia sonrisa en los labios, convirtiendo su mirada en una estrecha ranura que parecía esconder un nido de ametralladoras, ella no cedía ni un ápice en su decisión. Tras darme por vencido, sentarme donde ella quiso y pedir el menú, otra camarera exactamente igual a la anterior (creía que era otra porque llevaba otro delantal, ahora comprendo que era la misma que se había cambiado de atuendo) comenzó a traerme platos y más platos que yo no había pedido, así que intenté comunicarle su error. Ella a todo me sonreía y me decía que si, pero seguía haciendo lo que le venía en gana y si yo insistía algo molesto, siempre me contestaba lo mismo a modo de mantra:-chinco minuto-, pero cómo que cinco minutos pensaba yo. Estaba claro que el idioma no era su fuerte, lo cual tampoco resultaba un impedimento para ella, que seguía a lo suyo como si tal cosa. Como mi objetivo esa noche allí no era de índole gastronómico, me resigne a cenar lo que me pusiese la chica o chicas, porque la verdad es que en aquel momento albergaba yo serias dudas si era siempre la misma camarera la que me atendía, pero bueno, dejemos ese tema y continuemos con la narración. Ya avanzada la cena, cuando me había zampado un par de ensaladas chinas (montones de lechuga aliñada con una salsa algo dulce para mi gusto) y sus buenos cinco rollitos de primavera (curioso, yo que no me quería dejar nada en el plato por si se sentían ofendidos, y ellos que no podían ver mi plato vacío, mal íbamos) le pregunté sutilmente por lo bajini a la camarera que se disponía a servirme otro nuevo rollito:

-¿Es cierto que sois mil quinientos millones?- estaba claro que ahí comenzaba mi labor directa de espionaje, no era cuestión de perder toda la noche contando camareros a ver cuántos trabajaban allí, igual podría afirmar que había veinte que treinta que nada más que tres o cuatro, eran todos iguales, vestían iguales, sonreían igual e incluso hablaban igual, vamos que casi parecían hechos con tan sólo tres o cuatro moldes distintos.
Por supuesto ella me contestó con su sonrisa perenne que si y continúo con su labor. Eso me dejó realmente intrigado, ¿sería posible?, con que desparpajo comunicaban secretos de Estado. Así que, después de zamparme otros dos rollitos y un plato colmado de arroz tres delicias (menos mal que por lo visto se les acabaron los dichosos rollitos) volví a la carga y reteniéndola suavemente por la muñeca mientras me servía otro plato de arroz, le susurre una nueva pregunta:- ¿Es verdad, que en cuestiones culinarias, no le hacéis ascos a nada?- Ella, mientras se miraba su muñeca, se puso nerviosa (sin duda tuvo que ser por mi pregunta) y me contestó un si bastante extraño entremezclado con una rápida jerga de mandarín que consiguió que al instante tres chinos se presentasen hasta mi mesa y me invitasen educadamente a saldar la cuenta de mi cena para marcharme inmediatamente. Estaba claro, en mis pesquisas había conseguido tocar un tema sensible, quién sabe, quizás un secreto inviolable que no podían desvelar y que gracias a mis dotes de espionaje (de algo debía servir el ser un fan de toda la vida de Bond, James Bond) había sonsacado a una de las camareras de las muchas que tal vez se escondían entre aquellas cuatro paredes atestadas de chinos dispuestos a colonizarnos. Decidí no oponer resistencia y marcharme, pues a pesar de ser bastantes pequeños los tres matones (diría que no juntaban entre los tres ni media bofetada) que me habían mandado desde cocinas, sin duda el grueso de su ejército de invasión estaría atrincherado entre los fogones y las neveras, además, no era cuestión de terminar convertido en un rollito de primavera ahora que la camarera, gracias a mi sutil modo de actuar, había confesado que son capaces de cocinarlo todo. Guardaba yo una información vital que debía comunicar sin más dilación a las autoridades, estaba claro que corríamos el serio riesgo de ser nosotros la espiga de cereal y ellos la plaga de langosta comiéndonos en una sentada.

Esa misma noche, tras personarme directamente en la comisaría y desvelar el resultado de mis investigaciones, el comisario jefe (un asiduo de los documentales) ordenó el registro inmediato del restaurante chino. No fiándose de la oposición que podrían encontrar solicitó a las altas instancias de seguridad del Ministerio la actuación de los cuerpos especiales de asalto…

Por eso, ahora, desde mi arresto domiciliario ordenado por el juez a la espera del juicio como acusado por falso testimonio, os cuento todo esto. Está claro, que si como afirman las autoridades y he podido yo comprobar en mi vigilancia a posteriori, sólo llevan el restaurante de la esquina entre cuatro (una mujer y tres hombres) también debe de ser un mal entendido eso de la superpoblación china, y por supuesto no hay porque preocuparse por su voracidad en cuanto a recursos naturales. Nada que temer, seguro que no terminan haciendo de nosotros un completo menú chino.


acróbata

4 comentarios:

  1. Y quién va a arreglar el lío diplomático??
    Qué confusión!!! Pero igual, son muchos...

    Saludos, Tomás. Buenas noches.

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  2. Bond, James Bond, no puede haber más que uno, aunque le hayan puesto 12 caras diferentes.
    Es genial tu historia. Te confesaré que también me encanta hacer mis propias pesquisas de cualquier cosa... Y luego sale lo que sale.
    Un beso enorme.

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  3. Te van a contratar para la T.I.A jajajaja
    Me ha encantado
    Un beso

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  4. Yo no estaría tan segura...
    estos chinitos se las traen y son capaces de comerse el mundo.
    Son tlemendos.
    Ya me gustaría verte de Bond.
    Besos, cielete.

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