domingo, 4 de septiembre de 2011

S.S. III.


Samuel Sheba Tercero nacido en el seno de una acomodada familia neoyorkina de origen polaco, siempre fue un chico silencioso, reservado y extremadamente inteligente, que tenía como sueño imposible el ver alguna vez a su maltrecho padre caminando por si mismo. De esa imposible empresa hizo Samuel su único motivo de existencia, estudiando, estudiando y estudiando sin apenas descanso desde sus más tiernos años en los mejores colegios de su ciudad hasta recién inaugurada la edad adulta graduarse con todos los méritos en la prestigiosa facultad de Medicina de la afamada Universidad de Princeton. Con apenas veinte años se convirtió en el neurocirujano más joven y brillante de la dilatada historia de la facultad, pudiendo elegir tranquilamente entre la lluvia de ofertas laborales, a cuál de ellas más ventajosa, que le llovían desde los mejores centros médicos y de investigación de la Nación. Pero Samuel, lejos de sentir apaciguarse su vieja ambición de ver caminar a su padre por su propio pie, cada día notaba como aumentaba esa obsesión, y decidió enrolarse en el cuerpo médico de los marines, más concretamente se alistó voluntario para cualquier conflicto bélico que aconteciese fuera de las fronteras de su querida América. No porque sintiese la vena patriótica de defender la llamada libertad que creía dar su nación al mundo, ni tampoco por dar rienda suelta, a base de ametrallear al enemigo invisible, a ese sentimiento de impotencia que le embargaba cuando estaba junto a su padre y lo veía postrado de por vida en su vieja silla de ruedas o todo lo más brevemente en pie ayudado por unos hierros que sujetaban sus piernas inertes. Era por algo tan sencillo como adquirir la máxima práctica quirúrgica en el menor tiempo posible, y que mejor que en el frente, donde lo habitual era estar envuelto entre bisturís, sangre y devastación humana durante horas y horas a lo largo de los días.
Ya se sabe lo que son las armas, ese invento del diablo tan ligado al género humano, que por mucho que intenten demostrar lo contrario los esbirros de la violencia, sólo sirven para segar vilmente la vida, tanto de los que también la quitan, como normalmente de los inocentes que entregan la suya por el único motivo de haber nacido en un lugar y tiempo equivocados, donde normalmente casualidades de la vida casi siempre hay riqueza natural que expoliar.

En apenas unas pocos semanas el Doctor Sheba, que era como enseguida pasó a ser conocido el joven Samuel, se convirtió en el cirujano jefe del puesto avanzado en el frente sur del recién comenzado conflicto. En un principio, igual operaba a los soldados pertenecientes a su regimiento, que a los combatientes capturados a los enemigos, pero muy pronto terminó solamente interviniendo a los miles de civiles que sufrían en sus carnes los continuos bombardeos. Apenas quedaban rivales a los que abatir por parte de las fuerzas terrestres, y las pocas defensas rivales, bastante tenían con tratar de salvaguardar la integridad de su capital. Es por esto, que apoyados en su descomunal fuerza aérea, el ejército de las barras y estrellas machacaba una y otra vez con sus bombas inteligentes tanto la misma Capital como lo que ellos consideraban puntos de interés estratégico. Claro, que esos puntos eran precisamente los nudos poblacionales de los alrededores, de ahí el exponencial aumento de las bajas civiles. Posiblemente Samuel, después de solo unos pocos meses ya había visto más tripas, músculos, tendones, nervios, huesos, sangre y muertos que lo que hubiese podido ver a lo largo de toda su vida como cirujano en cualquiera de los muchos hospitales que se habían puesto a sus pies para que se sumase a sus plantillas. Estaba claro que su estrategia de adquirir experiencia en la mesa de quirófano había sido todo un éxito. Por supuesto, faltaba lo realmente difícil de realizar de su plan, quedaba, una vez dominadas todas las técnicas con milimétrica exactitud, el dar rienda suelta a su espíritu investigador a la hora de regenerar tejidos muertos o en su defecto llevar a cabo trasplantes hasta ese momento considerados imposibles.
En un principio comenzó intentando implantar miembros amputados de cadáveres, sobre todo piernas, a los pobres infelices que perdían las suyas cuando se internaban en la selva y tenían la desgracia de pisar algunas de las miles de minas que el ejército enemigo había sembrado en su huida al interior o también cualquiera de las llamativas bombas de racimo que los aliados habían utilizado para alentarlos en su huida. No hace falta decir que todo lo hacía a escondidas, en la profundidad de su solitario hospital de campaña. Un lugar lúgubre, al que nadie quería acceder por voluntad propia, de infausto recuerdo para toda alma viviente de los alrededores a consecuencia de la dureza de imágenes que allí se habían dado. Y todo con la única y exclusiva colaboración de un viejo sordomudo adicto al opio que hacía las veces de enterrador del pueblo más cercano, el Doctor Sheba le suministraba opiáceos a cambio de carne fresca perteneciente a cadáveres recientes.
Tras muchos fracasos, tantos, que apenas si tenía trabajo el enterrador en lo que debería ser su labor principal, comenzaron a llegar los éxitos. Pequeños triunfos que alentaron al joven Doctor en ir un paso más allá, a intentar su reto más difícil, transplantar el cerebro humano. Él veía más factible el transplante completo de la cabeza, pero no fiándose en ser descubierto, una noche sin luna, se jugó el todo por el todo y como debía tratarse de dos pacientes vivos, no dudó en secuestrar al coronel al mando e intercambiarle el cerebro con el enterrador. No es que le tuviese manía a su coronel, simplemente eran razones antropomórficas las que le movían, y las cabezas de ambos, militar y enterrador, eran casi idénticas en volumen y forma. La larga operación fue un rotundo éxito de la ciencia, su pericia y atrevimiento como neurocirujano no tenían límites, su capacidad médica casi rozaba con los dedos la esencia divina, sus manos no eran capaces de devolver la vida, pero sí de transplantarla de un cuerpo a otro. Después de tantos años de arduos estudios, de noches sin dormir, sumado a todo esto este último periodo entre bombas, cadáveres y todos los horrores de la guerra, por fin se sentía capacitado para sacar a su padre de la prisión inerte a la que desde que era apenas un niño lo condenó aquel odiado sargento nazi que le rompió la columna con su porra para que después experimentaran con él los servicios médicos del campo de concentración, infierno donde estuvieron recluidos su progenitor y su familia. De aquel campo nada más que acabó saliendo su padre, aunque tullido de por vida, tanto sus abuelos como sus tíos terminaron sus días gaseados. Tras la euforia inicial de esas horas donde los dos pacientes que tenían los cerebros intercambiados sobrevivieron, evolucionando rápidamente de manera satisfactoria, vino la parte realmente difícil, la parte que no había estudiado como solucionar el joven Samuel, ocultar los hechos.
Fingir unas fuertes fiebres contagiosas del Coronel que le habían dejado sin habla ni oído fue realmente sencillo, pues el cuerpo de éste era incapaz de articular palabra, pero el reto más difícil fue evitar que la boca del enterrador delatara a través de la mente del sorprendido Coronel todo lo acontecido, pero estaba claro que la suerte estaba con el Doctor, la mano del enterrador dirigida por la mente del Coronel, no llegando a comprender en todo su sentido lo que había pasado, decidió, para alivio de Samuel, terminar con todo aquello y tras asesinar su cuerpo y la mente del enterrador, se suicidó también él.
Por fin ya tenía vía libre para regresar a su ciudad y salir de aquel infierno de balas, sangre y locura que tanto le había proporcionado para sus intereses. Tras pedir un cambio de destino, alegando agotamiento psíquico después de una larga temporada ininterrumpida de cirugía intensiva, le fue concedido un retiro del ejército con todos los honores. Una vez de vuelta a Nueva York, solicitó su ingreso en el peor hospital de la ciudad, hecho este que no gustó nada ni a sus padres ni a sus amistades, todos consideraban que una persona de su talento y de su valía ya había dado suficientes muestras de generosidad para con la comunidad yendo voluntario al horror de la guerra. No era necesario que siguiera aportando más, era momento de pensar en si mismo como casi seguro nuevo premio Nobel de Medicina en un futuro no muy lejano. Pobres ingenuos, el frío Doctor Sheba, sabía que para llevar a cabo su proyecto necesitaba pasar desapercibido, algo realmente complicado, dada la fama que le precedía, en uno de los mejores centros médicos del país. Si había alguna oportunidad debía ser lejos de los focos y los flashes de la fama, sin olvidar, que iba a necesitar una víctima, pues nunca se le ocurriría mancillar el cuerpo de su progenitor dejándolo con vida en la mente de otra persona. Al revés sí, pues a pesar de no ser nada creyente, creía que la esencia misma del alma estaba almacenada nada más en los apenas mil cuatrocientos gramos que pesa el cerebro humano.

Pasaron los meses, y todo se tranquilizó, al fin su entorno aceptó que Samuel era así, una mente privilegiada que no gastaba el tiempo en pensar en si misma y en lo que convenía a su prometedor futuro. Unos, los más cercanos, se consolaban pensando que aún era joven y que tendría tiempo para recapacitar. Los otros, los que se consideraban sus rivales, no cabían en su gozo y de puertas hacía dentro celebraban su ingenuidad. Mientras él, fue dando la forma definitiva a su sueño, ganándose la confianza de todo el personal sanitario, que poco menos lo habían elevado a los altares, no discutiendo ni una sola de sus ideas. Así, terminaron aceptando con agrado que él se bastaba y se sobraba para desenvolverse sin ayuda de nadie en el quirófano, y ellos mientras pasaban las horas cómodamente charlando en la cafetería del personal sanitario. Era una actitud la suya realmente rara, pero a ellos les ahorraba gran parte de su trabajo. A cambio, se negaba a hablar con cualquier paciente, ni tan siquiera verlos, ni antes ni después de las intervenciones. De este modo el resto de equipo médico de cirujanos y de personal de quirófano se podían apuntar todos los galones de las brillantísimas operaciones realizadas, pues era el propio Doctor Sheba el que les alentaba a que estamparan su firma en los infórmenes postoperatorios. Todo iba según lo planeado, todo, menos que de momento no aparecía el cuerpo adecuado, y su padre se deterioraba a ojos vistas. Hasta, que una fría noche de noviembre, una de esas noches de ventisca llegó a su mesa de operaciones un varón de raza caucásica, de unos sesenta y tantos años y complexión física muy parecida a la de su padre. Había sufrido un accidente cerebrovascular que quizás en las manos del Doctor Sheba podría tener cura, pero seguro que en cualquier otras de ese centro no. Samuel, no se lo pensó, y tras preparar a su paciente en la sala de operaciones, se ausentó brevemente para traer a su padre al hospital, lo sedó sin decirle nada, iba a ser su sorpresa, y después de toda una noche de tensiones, bisturí y talento consiguió un nuevo cuerpo para su padre, esta vez no se conformó con intercambiar los cerebros, realizó el sueño de su vida, intercambió las cabezas. El cuerpo de su padre fue entregado a la viuda, una señora de origen centroeuropeo que a pesar de comprobar que ese no era el cuerpo de su marido, no se atrevió a abrir la boca por miedo a un escándalo que terminase por remover lodos del pasado. Desde bien joven había aprendido a guardar silencio cuando las circunstancias lo aconsejaban, su marido estaba muerto y nada ni nadie podrían devolverle la vida, sin embargo tanto ella como sobre todo sus hijos tenían mucha vida por delante y no era cuestión de que se acabase sabiendo su oscuro origen.

A los pocos días su padre despertó, era un milagro, aunque levemente, había recuperado algo de movilidad en sus tullidas piernas, pasaron los meses y su progenitor mejoraba ostensiblemente, un nuevo triunfo de la ciencia gracias a su hijo, que se había atrevido con una grave lesión medular de más de cincuenta años, agravada con el paso del tiempo y que él había conseguido revertir.
Hasta aquí todo iba sobre ruedas, pero un buen día su padre descubrió lo que su esposa ya sabía desde casi el principio, que aquel no era su cuerpo, que aquel era un cuerpo robado quizás a un hijo de uno de sus torturadores. Y todo por un pequeño tatuaje escondido en el talón derecho, no había duda, ese cuerpo pertenecía a un hijo de un alto mando de las SS, llevaba la inconfundible marca del odio que todos los altos cargos nazis habían hecho tatuar a sus primogénitos para que su estirpe no se perdiera engullida por la caída del Reich. Él, que había sido un sobreviviente de las atrocidades de Auschwitz y de los terribles experimentos del ángel de la muerte, que se había librado de ellos por el final de la guerra, ahora después de tantos años, la historia le había perseguido y carne de su carne, sangre de su sangre había terminado realizando el horror del que se creía para siempre libre. Esa misma noche, sentado tranquilamente en su sillón preferido, después de cenar, mientras escuchaban en familia el Parsifal de Wagner, sacó su pistola y sin mediar palabra le descerrajó un tiro a su querido hijo Samuel a la altura de la sien derecha. Su hijo, con cara de sorpresa, se echo las manos a la fatídica herida por la que se le escapaba la vida a borbotones y sin saber el por qué, interrogó con una última mirada a su padre. Éste, entre lágrimas, le contestó:
 -No podía consentir que un hijo mío fuese un nuevo Mengele, bastante tuvo la humanidad con uno.
Y a continuación introdujo el cañón humeante en su boca y sin dudarlo un instante apretó el gatillo. La mujer, que a instancias de su marido se había ausentado brevemente para preparar un poco más de café, alertada por el primer disparo, acudió rápidamente temiéndose lo peor. Sólo llegó a tiempo para comprobar que tanto su hijo como su marido se desangraban moribundos sobre el suelo. Un único grito escalofriante acompañó esa noche al final de la ópera del afamado compositor Teutón.

                       acróbata


5 comentarios:

  1. Yo creo que también hubiese asesinado a ese hijo medio Frankenstein, tras una jugada así del destino, imperdonable dejarlo seguir con vida.
    Un relato apasionante, acróbata, se lee de principio a fin con placer.
    Besos.

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  2. BRaaaaavo!, ¡bravo y bravo!... Genial y apasionante relato con moraleja. Estoy de acuerdo con Zarzamora en que no se podía dejar con vida a alguien que quería jugar a ser Dios.

    Entiendo al hijo que no podía soportar ver a su padre en esas condiciones (y bien que le entiendo) pero no podemos dejar que la locura se apodere de nosotros.

    Un super abrazo.

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  3. UUUUFFFFFFFF!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Guau hermano!
    GENIAL con todas las letras!

    Para leer y releer.
    Te felicito genio!

    Abrazo. Diego.

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  4. El padre hizo lo que debía.
    El cariño hay que controlarlo.

    Excelente relato.

    Saludos.

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  5. Las obsesiones no llevan a nada bueno... No entedía el título, terminando de leer caí. Atrapante tu telato, Tomás.

    Llego tarde....

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