sábado, 24 de septiembre de 2011

Mi hijo.


Mi hijo Rodrigo, desde que vino a este mundo en una noche de rayos, truenos y relámpagos, siempre ha estado en una edad difícil. Apenas si levantaba un palmo del suelo y ya daba problemas, tanto para dormir, como para comer, como  para prácticamente todo aquello que una cabeza mal pensante sea capaz de imaginar. Después, con los años, fue soltando esos problemas que no dejaban a nadie pegar ojo en casa y que convertían las comidas en familia en una auténtica tragedia griega, para ir cogiendo a cambio la no menos enojosa costumbre de autoafirmarse hablando siempre a voz en grito. Curioso esto, pues otra cosa no, pero tenía hasta hace poco una tonalidad de soprano que los vecinos en un momento dado llegaron a creer que nos habíamos aficionado a la ópera. Ahora, que según comentan los entendidos en la materia está entrando en la difícil edad de la pubertad, se ha vuelto bastante más sutil a la hora de reclamar nuestra atención, especialmente la mía, porque su madre siempre ha sabido ignorarlo y bueno, por qué negarlo, él también a ella. Sin ir más lejos, la otra tarde que salimos de compras se empeñó en que le comprara una camiseta oficial del Real Madrid. A lo que por supuesto tuve que oponerme, no por el precio en si, que ya era para caerse de espaldas, (vamos, pagar esa suma escandalosa que alcanza casi para dar un buen desayuno a un regimiento, está bien, a un regimiento bien pequeño, pero al fin y al cabo a un buen número de famélicas bocas hambrientas), sino porque siempre me he negado por principios a pagar por una camiseta numerada, con nombre ajeno a la espalda y encima con publicidad bien visible en todo el pecho. Además, si todo esto era poco, me opuse también por algo tan sencillo como que un chico que me hizo pintarle la habitación a rayas blaugranas hace apenas un año, y que almuerza cada día con su completo cubierto del Barça sobre la mesa, es imposible que en un simple arrebato se haya pasado de repente al rival por antonomasia del equipo culé. Después de pedirle explicaciones acerca de este repentino interés en la vestimenta blanca, me contestó que él continuaba siendo del Barça hasta la médula, pero que como estaba entrando en una edad de continuos e imprevisibles cambios igual alguna mañana se levantaba siendo del Madrid. Como no podía ser de otra manera ya intenté yo persuadirle de ese pensamiento, asegurándole que si de repente despertaba siendo del equipo merengue en lo primero que lo notaría sería en que el color de las paredes de su cuarto le producirían un intenso ahogo, que habría que remediar inmediatamente, devolviéndoles su otrora color inmaculado. Al parecer esta convincente explicación le mantuvo calladito un buen rato, pero esa cabeza suya no necesita agarrarse al torrente de hormonas locas que ahora recorren su cuerpo para maquinar nuevas molestias a su padre, o sea a mí. Al poco, aprovechando nuestra presencia en una tienda de ropa de marca, se empeñó en que le comprara un vestidito de señora, la verdad sea dicha, la mar de mono. Esto si que ya era el colmo, este hijo mío no sabía como sacarme de mis casillas, no porque yo peque de homófobo, ni mucho menos, es tan sencillo como que si algo ha caracterizado siempre a mi Rodrigo es su atracción hacía el género bello. Así, ya de bien pequeño, apuntaba maneras, pues rara era la semana que no volvía del colegio con alguna foto dedicada de una compañera, asegurando que sin duda esa niña si que iba a ser el amor de su vida. Con decir que igual ya ha tenido amores para completar un buen número de vidas. Pero no, esta vez le iba yo a pillar la mano, no dicen que más vale el demonio por viejo que por demonio.
Ante su insistencia, y después de explicarme repetidamente que lo mismo una potente revolución hormonal le provocaba el cambio total en sus inclinaciones sexuales, dando como resultado que quizás su alma se volviese femenina, llegué al ventajista trato de comprarle mejor un sugerente conjunto de sujetador, braga y liguero. Y si él era capaz de llevarlo tranquilamente todo un día, a la mañana siguiente saldríamos a proveerle de un vestuario completo de señorita. Sin duda me pareció una idea brillantísima, conociéndolo como hijo mío que es, sangre de mi sangre, piel de mi piel, ese conjunto acabaría luciéndolo, para mi disfrute, su madre, es decir, mi señora, que con esas prendas puestas igual rememorábamos noches locas perdidas en los albores de la memoria. Él, que en el fondo es muy vergonzoso, accedió con la condición que lo comprara yo como si fuese un encargo para mama. Volvimos a casa, él más calmado, pues por lo visto estaba molestando a algún pobre amigo suyo a través del teléfono móvil, mandándole mensajitos en ese lenguaje del demonio donde las vocales, con su bella sonoridad, son ultrajadas cada dos por tres en aras de la maldita economía de lo breve. Yo conduciendo ilusionado, con el conjunto, sin bolsa ni nada, al fondo del bolsillo de mi chaqueta, mejor así, nada de envoltorios ni etiquetas que terminan retardando lo que no puede esperar. Esa noche iba a ser histórica, además, el niño me había comentado si le dejaba quedarse a cenar y a dormir en lo de su primo, por supuesto que si, faltaría más. Llegamos en un santiamén a lo de la hermana de mi mujer y sin bajarme del coche saludé a mis cuñados. Qué viejos y apagados se les veía. Ay, con la de milagros que podía hacer la lencería fina, no me extraña que me miren con esa cara de interrogación, seguro que no se explican mi cara de felicidad. Una vez en casa, dejé mi chaqueta rápidamente, de cualquier manera sobre la cama y ni corto ni perezoso me abalancé sobre mi mujer, que en ese momento estaba guardando ropa en el armario, me extrañó un poco que no me preguntara por Rodrigo, pero por lo visto más sorprendida estaba ella ante mi efusividad. Me pidió sólo unos instantes para dejar la ropa y yo se los concedí comentando entre risillas:
-Ya verás el juego que nos da la ropa esta noche.
Aprovechando esos instantes fui al baño a darme una ducha rápida, y si que fue rápida, pues de repente me encontré a mi señora con las braguitas en sus manos pidiéndome explicaciones acerca de qué demonios significaba que dentro del bolsillo de mi chaqueta hubiese ropa interior femenina. Deshaciéndome en elogios hacía lo bien que le iba a sentar a ella le dije que era una sorpresa para disfrutarla esa noche. Ella, realmente confundida, me exigió una rápida explicación y yo ni corto ni perezoso le conté todo lo acontecido con el niño esa tarde. No sé que pudo pasar, pero según iba narrándole los hechos ella más y más se iba poniendo roja de furia, pensaba yo que no era para tanto, tenemos un hijo difícil, pero eso no es de ahora, es desde que nació. Ante mis intentos por calmarla, asegurándole que lo del chico era una niñería propia de la edad, que ya se le pasaría. Mi señora comenzó a arrojarme todo lo que caía en sus nerviosas manos, mientras como una posesa me decía que no tenía vergüenza, pues ni teníamos ningún hijo de esa edad ni por supuesto se llamaba Rodrigo.

Esta si que es buena, ahora resulta que llevo aguantando a un fantasma caprichoso y mal criado un buen número de años, y encima el único responsable soy yo, pues nadie más que yo lo percibe. No es de extrañar que los pobres de mis cuñados ante mis constantes visitas para dejar al chico en su casa le digan a mi mujer que estoy loco y que me tiene que llevar a un psiquiatra. Lo peor de todo es que ya llevo un par de semanas viviendo en un pequeño apartamento, esperando que mi mujer me perdone. Y a qué no adivináis quién se ha venido a vivir conmigo, pues dice que no aguanta a su madre. Exacto, Rodrigo, y encima si trato de ignorarlo asegurándole que no existe, que sólo es producto de mi imaginación, me putea noche y día no dejándome tranquilo ni un momento. En fin, en ocasiones la familia puede llegar a ser un verdadero engorro.... aunque no exista.

                              acróbata

6 comentarios:

  1. Jajajaja, buenísimo, Tomás...

    Empecé un poco mosca (porque bien sé que tienes niñas) creyendo que hablabas en boca de otra persona y vas y me "enrredas" en una historia de un hijo imaginario.
    Ha sido un relato estupendo, de los que me encantan porque no se sospecha el desenlace.
    Eres buenísimo, sí señor, "con un par...".

    Felicidades pero con letras grandes:
    FELICIDADES.

    Un super abrazo porque me ha enganchado.

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  2. Eso no vale Towanda, tú juegas con ventaja ya que conoces bastante de mi vida...jajajaja. Ya sabes, una vez que uno se pone el traje de escribir deja un poco de lado su vida (la verdad muy poco) y comienza a darle forma a vidas paralelas.

    Besos para ti y para tu family.

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  3. Que sepas que mis labios están sellados... ¡palabra!
    jajajaja.

    "Conocía" lo de las niñas porque lo hemos referido públicamente y aún así, me enredaste con tu hijo Rodrigo, má cagüén. Por eso me gusta tanto contar y leer historias en las que se deja un poco de lado la vida propia (aunque como díces tú; no tanto) y te sumerges en otras vidas, digamos paralelas o alternativas.

    Había oído mucho hablar de los "amigos invisibles" pero Rodri, supera con creces las espectativas, jajaja.

    Un fortísimo abrazo también para la familia acrobática.

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  4. La loca es ella.
    Maldita manipuladora...

    Que la encierren.

    Saludos.

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  5. Uf me gustó la entrada... y es que no hay nada como un hijo...nos hacen volver locos de amor... o simplemente locos.

    Besitos.

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  6. ja, ja, ja, ja...vaya derroche de ingenio!!! sin duda acrobático :))

    "... ni hay felididad falsa,
    mientras dura es verdadera,
    ¿ que importa lo que la verdad exalta,
    si soy feliz de esta manera?
    F. PESSOA

    BESOS

    NAMASTÉ

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