lunes, 25 de julio de 2011

El dolar de plata.


Sin saber muy bien el cómo, de repente abrí los ojos y me encontré de pie sobre un desgastado suelo de tablones que parecían medio carcomidos por el paso del tiempo, el viento arenoso y las constantes pisadas de innumerables botas de piel de vaca. Estaba parado frente a una concurrida puerta de la que salía a borbotones, entre los reflejos dorados del interior, un espeso velo cargado de humo gris azulado que rasgaba, como cuchillo afilado, la oscura carne trémula de la noche y envolvía la ruidosa caravana humana que avanzaba hacía su interior. Sin plantearme otra opción que la de avanzar al compás que me marcaba la marabunta de cuerpos, penetré despacio escoltado por dos tipos malencarados que olían más a animal de cuadra que a ser humano. Comido por la curiosidad, me dejaba llevar casi en volandas hacía el interior, sin oponer la más mínima resistencia, para ver hasta donde me conducía aquella inesperada aventura. Mientras caminaba con pasos de plomo sobre aquel atestado antro, iba pensando en pasar desapercibido entre la muchedumbre, hecho éste altamente improbable, pues oteando el pequeño horizonte interno, comprobé sobre el enorme espejo enmarcado de una de las iluminadas paredes laterales, que en ese momento llevaba puesto mi pijama a rayas rojas y azules, junto con mi pequeño bombín negro con el que practico casi cada día el lanzamiento de decisiones difíciles sobre naipes indecisos.
Arrastrado por la marea humana que buscaba ahogar su vieja sed de tiempo, me encontré buscando acomodo entre ligeros empujones y alguna que otra asesina mirada, difícilmente reprimida a base de ardientes tragos de Bourbon barato, en la atestada y peligrosa barra del bar. El ruido de conversaciones trasnochadas, susurros sibilinos y empalagosas risas femeninas apenas si me permitían escuchar mi propia voz cuando contestaba a un hombre mayor, que vestido elegantemente todo de negro, me había propuesto comprarme mi sombrero a buen precio, asegurando que a él le sentaría mucho mejor que a mí. A pesar de no acceder a vendérselo, él no dudó en poner un dólar de plata sobre la palma de mi mano, cerrándomela a continuación con las suyas y aconsejándome que sólo lo utilizara en caso de extrema necesidad. Hecho éste que en un principio no supe muy bien como interpretar, metí la moneda en uno de los bolsillos de la chaqueta de mi pijama y en es mismo momento me sorprendí conociendo de repente que en realidad si sabía que uso tendría que darle. Mientras todo esto sucedía, la famosa melodía que un esforzado músico de color sacaba al desvencijado piano de cola, vencía en ocasiones el ruidoso “run-run” existente, quedando a la vez enganchada en mi mente. El viejo instrumento musical estaba situado en una de las esquinas del escenario, donde unas maduras bailarinas entradas en carnes mostraban entre baile y baile lo que en algún tiempo pretérito se supone tuvieron que ser sus encantos. Al poco, un tipo que no me había quitado ojo desde mi llegada, de piel cetrina y rostro pálido, con claros síntomas de ebriedad de poder y ojos inyectados de odio, posó una de sus sarmentosas manos de uñas negras sobre mi espalda, ofreciéndome con sibilino tono y forzada sonrisa, conseguirme al momento todo lo que pudiera desear a cambio, precisamente, de mi por lo visto deseado bombín. A lo que me negué ante el gesto cómplice del misterioso hombre de negro, que ya me había advertido anteriormente que me guardase de ciertas compañías que sólo buscaban satisfacer su infinita ambición. Visiblemente ofendido, por lo que consideró un desprecio por mi parte, “Rostro Pálido” se ofuscó de manera colérica y cogiendo una de las botellas medio vacías de la barra intentó agredirme con ella, en su desacertado lanzamiento terminó rompiéndola en mil pedazos sobre una de las mesas cercanas, donde unos pistoleros de miradas duras y parcas palabras, se batían en duelo silencioso los cuartos entre cartas marcadas y revólveres escondidos bajo la mesa. En un segundo se montó una tumultuosa batalla, donde mesas, sillas, vasos y toda clase de objetos hirientes volaban por los aires, mientras el brillo nacarado de las culatas comenzaba a asomar por los costados de algunos nerviosos parroquianos de manos rápidas. De pronto, varios disparos al aire, ejecutados por el señor de negro, acabaron estrellándose contra la enorme y luminosa araña del techo, rompiéndola en un sin fin de pequeños pedazos de cristales incendiados que caían desde lo alto mezclados con la sorpresiva lluvia de cientos de billetes envueltos en llamas, lo cual consiguió el objetivo esperado de centrar la atención de los ambiciosos combatientes. En ese preciso instante comprendí que había llegado el momento de lanzar al aire la moneda, nada más alzar el vuelo de mi mano, todo quedó congelado en el tiempo, desde el puñal de cachas blancas que salido de unas manos de uñas negras volaba buscando mi garganta, hasta la bala de plomo que vomitada por el humeante cañón de una pistola no muy lejana ya casi besaba mi sien derecha. Tranquilamente fui caminando hasta la salida, esquivando los innumerables objetos rotos y aquellos que suspendidos en el aire terminarían también encontrando su destino, empuje la puerta batiente, me quité el sombrero lanzándolo hacía el interior, y dándole la espalda al certero vuelo que ejecutaba buscando la cabeza del hombre de negro, al fin salí de aquel antro de pesadilla.
Nada más poner el pie sobre el suelo de madera del oscuro porche y llegar mi bombín a la cabeza de su destinatario, desperté de golpe en mi cama, mientras en la radio despertador de mi mesilla sonaba cansina la melodía que había estado tocando una y otra vez el imperturbable pianista.

Todo debería haber quedado ahí, en el olvido de una simple noche de sueños imposibles, si no fuese porque no encuentro desde aquella jornada mi sombrero, con el cual me pasaba las horas muertas lanzándole cartas de la baraja de póker, mientras él, posado boca arriba a los pies de mi cama, las engullía en su interior, una tras otra, según la voracidad que tuviese ese día. Además, ahora conservo siempre, en uno de los bolsillos de mi pijama al acostarme, un auténtico dólar de plata, quién sabe, si acuñado allá, en aquellas lejanas tierras, donde una vida apenas si valía lo que costase una simple bala de plomo y por lo visto todavía quedaban algunos hombres buenos dispuesto a ayudar a una alma extraviada en las penumbras de la madrugada.

Nunca se sabe donde te pueden llevar los sueños…


                                   acróbata

8 comentarios:

  1. Sueños, sueños... a veces pienso que vivimos una vida paralela en algunos sueños. Hay un pueblo al que regreso una y otra vez, y también un piso al que no he ido más que en sueños y al que voy de vez en cuando... y alguna gente... No sé, pero guarda bien tu dólar de plata y no se te ocurra irte a la cama sin él, por si acaso.
    Besitos, Acróbata.

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  2. No, nunca se sabe y a veces por miedo dejamos de soñar...


    Aprieta el dólar de plata, amigo mío

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  3. Yo tengo como dice jana vidas paralelas, necesitos los sueños como la comida, para poder vivir. Qué nunca dejemos de soñar, y tú, guarda el dolar!!
    Marikosan

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  4. Sueños vidas vividas de "otra manera" bonita historia, bonito sueño, porque esto ocurrio con los ojos cerrados ¿no?.
    Saludos Tomás.

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  5. Tal vez la dimensión desconocida de los sueños. Pero bueh, ese dólar será para algo importante.

    Un saludo enorme, Tomás. Me voy a dormir. Ya casi las 12 de la noche.

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  6. Hola Tomás!!

    Qué bueno Clint,con su mirada,su forma de andar,su aplomo...tendría sueños también al hacer los "spaguetti-wester"???
    Imagino que tendría sueños de éxito y reconocimiento.
    Yo sueño imagino que como todos,nada fuera de lo normal,sólo hubo una vez un sueño que traspasó la barrera y me causó dolor,aún hoy al recordarlo lo siento todavía,por lo demás ya te he dicho que sueño normal.

    Si ese bombín no aparece...jaja,piensa en que algunos sueños se hacen realidad,jaja,espero que no todos o al menos que podamos detener el tiempo lo justo para salir corriendo,jaja.

    Me ha gustado el aire del oeste,buen homenaje!!

    Un abrazo Tomás!!
    PD, ¿Te estoy viendo en ese recuadrito de facebook? hola!!

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  7. No, nunca se sabe a dónde te pueden llevar,qué podemos alcanzar y cuántos misterios resolver o no.
    La aventura,la auténtica aventura es vivirlos y al despertar,saber que lo hemos hecho y seguir soñando, ahora con los ojos abiertos.
    Mágico ese sombrero,¿eh?
    Besos.

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  8. Que buena historia Tomás!!

    Al compartir nos diste la oportunidad de soñar y trasladarnos a esa otra dimensión. Acompasamiento e intriga. Dos buenos aliados de las letras...
    Me gustó especialmente el detalle de no esperar la cara o la cruz, en ocasiones quedar suspendida en el aire es la mejor de las opciones ¿ Probaste si en esta dimensión posee las mismas cualidades...?

    Un BESAZO TOMÁS ¡ me encantó :)!

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