domingo, 5 de junio de 2011

La rosa blanca.


Desde bien temprano, cuando apenas si se sostenía en pie por sus medios y casi no sabía ni hablar, ya se apreciaba su obsesiva fijación por excavar en la tierra. Aprovechaba el menor descuido de su madre para perderse inmediatamente de su vista, pudiendo al poco encontrarlo removiendo el suelo arcilloso en el patio trasero de casa. A pesar de su corta edad podía mucho más su gran voluntad que su pequeña fuerza física a la hora de manejar la enorme pala de minero que su madre siempre tenía apoyada junto al rosal silvestre que estas últimas primaveras había florecido dando unas hermosas rosas blancas. En un principio se conformaba con hacer pequeños hoyos en el suelo para sentarse frente a ellos y tirarse largos ratos mirándolos fijamente como esperando encontrar algo, a veces incluso balbuceaba palabras inconexas que nadie, excepto su madre llegaban a comprender. Más adelante, algo más crecido, después de asistir al funeral de su padre que vino a morir sentado a la mesa de casa mientras degustaban en familia la tradicional comida del día de San Juan, obsesionando con el tema de la muerte y la resurrección, quiso representar un enterramiento en toda regla, y para ello fue sustrayendo las distintas partes que necesitaba para dar forma a un tosco difunto: La vieja peluca morena de la abuela, muerta hacía tiempo a consecuencia de una intoxicación por plomo que primero la dejó calva para después llevársela una noche de tormenta en la que sus encías soltaban destellos con cada nuevo relámpago; Su deshinchada pelota de cuero, que a consecuencia del deterioro que sufría le estaban surgiendo una infinidad de profundos surcos y tenía todo el aspecto de la cara arrugada de un hombre muy enfermo; Dos botones colorados con forma de ojos quitados de la chaqueta de Carnaval del disfraz de payaso que había lucido prácticamente toda la familia a edad temprana; El tórax del muñeco más querido de su hermana, al que no dudo en colocarle algo de relleno para darle más volumen; Un viejo cojín sustraído de la butaca del abuelo con el que creía poder simular un abdomen algo abultado. Las muletas que su padre había usado en su larga convalecencia tras el penoso accidente sufrido, al poco de enterarse de que su madre estaba embarazada de él, que le mantuvo en casa durante una larga temporada, hasta que tras una rara intoxicación medicamentosa  lo llevó a la tumba; Las escobillas de sendos cuartos de baño de casa con los que pudo formar los brazos de su difunto monigote, a las que pegó los guantes de malla de acero que usaban para descuartizar los conejos que enriquecían el arroz de cada domingo de primero de mes en el que se juntaban todos a comer en familia; Y por último, el toque mágico del traje de novio de su padre, con los bolsillos repletos de semillas para terminar de darle forma a su difunto. Se las prometía muy felices, ya que no esperaba ser descubierto y creía que la próxima primavera acabaría brotando de la tierra su padre totalmente restablecido. Pero a los pocos días de realizar su particular entierro, terminaron pillándole tras confesar su hermana que él había cogido cosas del armario de la habitación de sus padres. Y después de la seria amenaza de su madre de mandarlo a casa de su abuela materna, una vieja bruja que rezaba el rosario mientras soltaba pellizcos que hacían saltar lágrimas a las piedras, acabó confesando donde estaban todos los objetos perdidos. No había duda que su gran error fue coger el traje de papá, pues aunque pensaba que no le prestaban ya atención, lo que no se podía imaginar era que su madre lo ponía junto a ella en la cama cada vez que sufría una racha donde se sentía especialmente sola. La terrible impresión que causó en casa la exhumación del cuerpo del delito trajo posteriormente un largo periodo de contención por su parte, no es que el instinto hubiese muerto con el castigo ejemplar impuesto por su madre, que le hizo enlosar a él solito todo el patio, a ver si así perdía al fin ese siniestro vicio. Ahora se conformaba con dar sepultura en el cercano parque a los distintos animales que eran atropellados por el intenso tráfico de camiones que iban y venían, pasando por su barrio, de camino a la explotación minera de las montañas cercanas. Esperando que algún día, al igual que pasaba con el rosal del patio de casa, también llegase una primavera para ellos y terminaran volviendo a la vida de nuevo cargados de vitalidad.

Pasaron los años y él abandonaba la adolescencia entre suspensos y más suspensos en los estudios, ocultando todo lo que podía su obsesión, que lejos de disminuir con la edad, cada vez, al igual que su cuerpo, crecía y crecía sin medida. En casa, tras la muerte del abuelo y la reciente marcha a la Universidad de su hermana, ya sólo quedaban su madre y él, ella que cada vez se parecía más a la bruja de su progenitora, no le pellizcaba el cuerpo, pero sí el alma, pues ante su evidente fracaso con los estudios le instigaba a diario, diciéndole que iba a ser un inútil en la vida y acabaría en cualquier trabajo de medio polvo donde vilmente sería explotado, no como su hermana que con sólo dos años más que él ya estaba labrándose un futuro prometedor en el prestigioso mundo de las leyes. Hasta que un buen día, vísperas de la noche de San Juan, misteriosamente dejó de verse para siempre al enterrador del pueblo. Y gracias a las influencias de un compañero de clase que era el hijo de uno de los concejales del Ayuntamiento y sobre todo a que nadie del municipio quería ese puesto, consiguió a pesar de su juventud y aparente inexperiencia el puesto de enterrador del pueblo en periodo de pruebas. No hay duda que también vino a ayudarle el hecho que ya antes de la desaparición de este hombre, se rumoreaba que extrañas cosas estaban pasando en aquel santo lugar: Como tierra removida, cruces ligeramente movidas de su verticalidad, siniestras luces en la noches sin luna y raros ruidos de jadeos como si alguien estuviese trabajando duro aprovechando la oscuridad.

Su vida pasó, del tener que reprimirse por lo inadecuada de su obsesión, a todo lo contrario, cavaba y enterraba a diario sin tener que esconderse para hacerlo y encima cobrando por ello cuando sería capaz de todo por hacerlo igualmente. Cavaba de noche y de día, hiciese un frío que comprimiese las piedras de las tumbas sacándole ahogados gemidos o un sofocante calor que hacía sudar hasta la tierra recién removida, cavaba tanto para enterrar a sus vecinos como para enterrar las semillas de las distintas plantas con las que estaba dotando al cementerio de un aspecto placentero, florido y bello que hacía honor a su sobrenombre: “El vergel del último descanso”.
Con la autorización del pleno municipal volvió a habilitar la vieja casa en ruinas de anteriores enterradores, que vivían dentro de sus muros, costumbre esta perdida en el  pueblo desde tiempos inmemoriales. Ubicada junto a un gigantesco olmo en la parte más antigua del cementerio, estaba en el lugar que más gustaba al ya confirmado joven enterrador, y tras tener una fuerte discusión con su madre, que le reprochaba que la iba a abandonar en la soledad, se trasladó con apenas algo de su ropa y la vieja pala de minero de casa a su nuevo hogar. Despidiéndose fríamente de su madre, cruzando nada más unas pocas palabras con ella, para dejarle bien claro que siempre que quisiese podría visitarle e incluso si se sentía sola irse con él a vivir, a lo que ella le contestó:

-Antes muerta que pisar tu siniestra casa.

-Tranquila, que entonces no vendrás, te traerán con los pies por delante, pero ya no vivirás en mi casa, todo lo más seremos vecinos, y no te preocupes te pondré bien cerquita para cuidar tu sepultura como se merece- contestó el joven enterrador.

Su madre no dijo nada, le miró de arriba abajo mientras pensaba: << Quién me mandaría a mí tener, aquella fatídica noche de San Juan, esa debilidad en el oscuro rincón del patio con aquel joven minero que me dejó en señal de su amor su bien más preciado, esa vieja pala que había heredado de su abuelo, jurándome que algún día regresaría a por ella, promesa que nunca pudo cumplir pues moriría apenas unas horas después sepultado, junto a toda la cuadrilla de la que formaba parte, bajo miles de toneladas de piedra que nunca permitieron el poder rescatar sus cuerpos de las entrañas de la mina del pueblo. Habían quedados enterrados en vida justo bajo los pies de todos sus seres queridos y nadie pudo hacer nada por ellos >>

Desde aquel terrible suceso, en la esquina donde mantuvieron su furtivo encuentro florecía un rosal silvestre que daba unas hermosísimas rosas blancas. Parecía como si su hijo, el fruto de aquella noche loca, ya hubiese venido al mundo con la obsesión de encontrar a su padre enterrado bajo la montaña o sino que oscura fuerza tiraba de él para que cavase y cavase sin descanso.

Según iba sumando inviernos a su calendario vital, dejando la nieve del tiempo sus primeras huellas en sus sienes, su ansiedad por enterrar gente lejos de disminuir continuaba aumentando, y eso que prácticamente ya tenía más conocidos entre los muros que custodiaban sus ansias que fuera de ellos, pues apenas si se aventuraba a salir del cementerio. En un principio, se ausentaba un rato algunas mañanas para realizar la compra, pero después, según fueron brotando los frutos de la pequeña huerta que plantó junto a su casa y gracias a las viandas que le traían sobre todo viudas agradecidas por el cuido que daba a las tumbas, llegó el momento en el que prácticamente ni ponía sus pies fuera del Campo Santo más allá de lo imprescindible para realizar alguna inevitable tarea administrativa. A veces algunos paisanos cuchicheaban que no era normal que no se le conociese mujer, que era insano e insensato a la vez, claro que lo que no sospechaban era que eso no era del todo cierto, pues al igual que hay hombres para todo, también hay mujeres desconsoladas y morbosas que les pone el tema de hacérselo en plena noche sobre la tumba de su difunto marido, además, él para acallar esas bocas, cuando algún valiente le sacaba esa conversación que buscaba matrimoniarle, siempre aseguraba que su lugar estaba entre los muertos, y que tal vez cuando muriese entonces igual le daba por estar entre los vivos, por supuesto, este comentario solía echar para atrás a todo aquel que le sacaba el tema y ese nunca más volvía a hablar con él acerca de esos asuntos.

Pasaron los años, y durante mucho tiempo su actividad diaria transcurrió sin sobresaltos por una vaguada frondosa de vida donde todo iba sobre ruedas, quizás lo único reseñable de este largo periodo fue que al fin su madre vino a visitarlo para quedarse para siempre. A pesar del ofrecimiento de las autoridades para que otro enterrador realizase la triste labor, el mismo quiso hacerlo y siguiendo los dictados del orden municipal, la tuvo que enterrar en un lugar asolado tanto por el frío del invierno como por el sol del verano. Unos pocos días después, recibió a su hermana en la intimidad de su casa, pues ella quería tratar con él de algunos temas pendientes acerca de los bienes que dejaba la difunta, y aprovechando el enterrador la ocasión, le comunicó la decisión de tener a madre en mejor lugar. Así, aprovechando la oscuridad de una noche sin luna, exhumó su féretro de aquella solitaria orilla desolada, volviéndola a enterrar bajo el cobijo que daban las frondosas ramas del viejo olmo en el que solía echarse él la siesta en las horas más calurosas de la estación del estío, cuando el sol amenazaba con  quemar los nuevos brotes surgidos la primavera anterior.

Pero llegó el fatídico día en que el pleno del Ayuntamiento acuciado por problemas de espacio y sin voluntad económica para comprar los terrenos colindantes del cementerio, decidió suprimir, en cuanto tuviesen terminado los nichos adjudicados a una empresa de construcción, la costumbre del enterramiento en suelo. Por descontado su puesto de trabajo no peligraba, ya que ellos contaban que también para él sería una bendición el no tener que cavar más, pues a pesar de que el enterrador nunca había consentido ningún tipo de ayuda para realizar los hoyos, lo que nunca habían sospechado los responsables municipales que habían desfilado por la concejalía a cargo del Campo Santo era que para él no era una obligación, más bien todo lo contrario.

A lo largo de los meses que duraron las obras, los albañiles tuvieron que sufrir un sin fin de problemas, desde el robo de las herramientas hasta incluso el sabotaje de lo hecho el día anterior, trayendo con ello un considerable retraso en el cumplimiento de los plazos. Algún que otro obrero, que no era de por allí, sospechaba del silencioso enterrador que taciturno se pasaba las horas muertas removiendo tierras, ya fuese por motivos de su trabajo como por el gusto de realizar pequeñas obras que todo hay que decirlo, habían convertido aquel viejo cementerio en el más bello de los alrededores, convirtiéndose desde hacía ya algunos años en lugar de obligada visita para aquellos que sentían el arte allá donde se manifestase. Pero como nunca nadie pudo pillarle en falta y él cumplía como siempre con su labor, aquella sospecha de aquellos hombres foráneos pronto cayó en el olvido.

Al fin llegó el momento en el que la víspera de un nublado día de San Juan,  terminaron las obras, y el próximo sepelio ya no sería realizado en la tierra bendecida, todo había discurrido sin novedad y ese mismo atardecer se realizaría el primer funeral sin recurrir al enterramiento. Llegó el cortejo fúnebre hasta la puerta enrejada del cementerio y sorprendentemente nadie salió a recibirles, como siempre, desde hacía ya muchos años, había hecho su atento empleado municipal. Desde esa misma tarde nadie volvió nunca más a ver al enterrador, era como si se lo hubiese tragado la tierra, ni un mísero rastro. En el interior de su casa aparentemente todo estaba como si nada hubiese pasado, como si el tiempo se hubiese detenido a la espera del regreso de su morador. Después de solicitar las autoridades la presencia del único pariente vivo que le quedaba, que pudiera ayudar a esclarecer esa inquietante desaparición de la noche a la mañana, su hermana mayor, tras inspeccionar junto al comisario la casa de su hermano de arriba abajo, enseguida se percató de la falta de la vieja pala minera que su hermano conservaba enmarcada en la pared de su habitación. Y aunque no lo dijo, si le aseguró al perplejo inspector, ante las continuas preguntas de si veía algo fuera de lo común que les pudiese ayudar a dar con su paradero:

-Mi hermano ya nunca más volverá porque en realidad no se ha marchado.
-¿Qué quiere decir con eso señora?, ¿está o no está?, pero bueno, que estoy diciendo, no está, al final voy a terminar tan loco como los viejos de este pueblo que no paran de murmurar que este enterrador debe de haber ido a buscar al viejo enterrador que un buen día de hace ya muchos años desapareció de la misma manera.
- Quiero decir que está donde sus genes siempre quisieron estar, esto es algo que no supe hasta hace poco, en el que revisando viejos diarios familiares hallé unas letras que explican muy bien las rarezas de mi hermano- contestó la mujer mirando a lo largo y ancho del Camposanto mientras depositaba una rosa blanca que llevaba prendida entre las manos bajo la fresca sombra del frondoso olmo que les había servido al comisario y a ella para refugiarse durante esta conversación del ardiente sol del mediodía. Y sin más palabras echó serenamente a andar dirigiéndose, sin volver la vista atrás, hacía la verja de salida.

Desde aquel día, cada primavera bajo la sombra del viejo olmo del cementerio florece un rosal que coincidiendo con la noche de San Juan da unas bellísimas rosas blancas, y dicen los más atrevidos que si permaneces toda la noche bajo su cobijo, en el silencio de las tinieblas, aún se puede percibir el sonido de una pala cavando rítmicamente junto con el aliento de una fuerte respiración en pleno esfuerzo.

                                        acróbata

16 comentarios:

  1. Una bella metáfora esa rosa blanca para la dedicación de toda una vida. Porque vocación la tuvo ya desde niño.
    Estaremos predestinados ya en esta vida?
    De la tierra venimos y a la tierra vamos. La muerte, si sabemos sortearla, nos dejará crecer bajo esos olmos que respiran vida, que hacen crecer rosas blancas.
    Se desprende cierto realismo mágico de los objetos, la pala... esa que es una metonimia de su propio ser.
    Besos, acróbata.

    ResponderEliminar
  2. Muchísimas gracias Zarzamora por leer y comentar este relato, sé que es algo largo para un blog, y no tenía muy claro subirlo, pero al final me he decidido y aquí queda. Tengo varios relatos largos, alguno incluso más que éste, el tiempo decidirá si termino por subirlos o no.

    Como bien dices, he intentado usar como hilo conductor del relato varios elementos, como por ejemplo la pala, la rosa y también la noche de San Juan. La intención de este relato es dejar mi opinión acerca de la formación de las personalidades humanas. Creo que somos una mezcla de memoria genética junto con las influencias de nuestro alrededor, y de esta mezcla se va formando la personalidad individual de cada uno. En definitiva, no sólo influimos y nos influyen nuestros contémporaneos, tanbién en cierta medida nuestros antepasados a través de su herencia genética.

    En cuanto al destino, no creo que esté escrito, pero si al menos algunos capítulos esbozados.

    Abrazos y feliz domingo.

    ResponderEliminar
  3. Su madre pudo cambiar ese destino.
    En su lugar hubo rosas blancas y una triste vida obsesionada con la muerte.
    Besos.

    ResponderEliminar
  4. A mí me ha parecido un relato magnífico.
    Muy bien llevado desde el principio.
    Una historia fascinante.
    Y llena de simbolismos.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  5. Súbelos, súbelos, la gente está muy mal acostumbrada a lo corto en estos blogs. Una pena.

    ResponderEliminar
  6. Me parece MAGISTRAL. Todos elementos muy significativos...

    Como bien dices, conservamos una parte de hereditaria genética y a eso añadimos con nuestros gustos, sensibilidad, experiencia, vivencias y conocimientos un toque propio. Pero no dejamos de ser polvo. Y al polvo volveremos...

    Espero que en medio del mar, también pueda crecer un rosal de rosas blancas.

    Pd: Te animo a que subas cuando gustes tus relatos, largos, cortos o dibujados, RESULTA UN PLACER LEERTE.

    BESOS DE FELIZ DOMINGO!!

    NAMASTÉ ;-))

    ResponderEliminar
  7. Creo que me ha gustado tanto la historia que la haría relato corto de esos que a veces nos dan por la tele tan buenos y cargados de misterio.
    Es un mundo dentro de él, el que le lleva en dirección a esa pala,es un nexo sin apariencia,pero real que le une a ese padre desconocido de trágico final.
    Un final al que también él parecía predestinado...
    Genial de verdad.Me ha gustado de principio a fin.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  8. Ha sido una historia increíble cargada de símbolos y de misterio.
    Me ha encantado la simbología de esa rosa blanca.
    Muy buen relato y el final me ha hecho darme la vuelta y mirar atrás, porque noté la respiración en mi nuca. ¿Te lo puedes creer?.

    La vida escrita o el azar inteviniendo en ella... Yo creo que lo segundo.

    Felicidades.
    Muchísimos abrazos.

    ResponderEliminar
  9. Muchísimas gracias por echar un ratito de vuestras vidas leyéndome.

    Abrazos amig@s

    ResponderEliminar
  10. Joder, me has llevado todo el rato con la lengua fuera. Intrigante, interesante y con su puntito de magia. Curioso que hayamos coincidido con la rosa blanca, ¿eh?
    Espero que subas más. Seguiré pasando por aquí, porque la muestra me ha encantado.
    Buenas noches y feliz semana

    ResponderEliminar
  11. Los relatos no son cortos o largos: son buenos o malos. Y este es de los primeros. Bien estructurado,con un simbolismo mágico con un toque gótico y sobre todo con una cuidada prosa que te engancha desde el principio.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  12. Estoy de acuerdo con el señor Trujillo: Buenos o malos, y esta rosa blanca perfuma las letras de su autor y la lectura de este visitante que se marcha satisfecho.
    Un abrazo.

    www.hablaspalabras.blogspot.com

    ResponderEliminar
  13. Hola Tomás!!

    Impresiona leerte,de verdad,sigues sorprendiéndome,por supuesto,te animo a que subas esos relatos que tienes,es una delicia poder leerte.

    Yo creo que la herencia genética,tiene mucho que decir al respecto del comportamiento humano,pero también las influencias externas,amistades,vivencias...la suma de todo es lo que forma la personalidad del individuo.
    Su carácter,su forma de ser,se va puliendo con el paso del tiempo o se va agrietando,todo depende de su experiencia personal y en el fondo de sus antepasados.
    No hablamos de que no pudiera evitar ser como era,pero tenía mucho a su favor para ser como fué,tampoco hubo nada ni nadie que le marcara otra alternativa tan sugerente para olvidar ésta.
    No sé si me has entendido,creo que en sus genes ya estaba formado como sería su caracter,pero también podría haber cambiado si otra experiencia le hubiese gustado más.

    Lo dicho,jaja sigue escribiendo,que me gusta leerte,aunque luego yo me líe.

    Un abrazo

    ResponderEliminar
  14. Este relato realmente no deja respiro. Una historia intrigante, la madre y su padre, la pala, la rosa. Me ha gustado mucho los detalles que tiene. Hacen que las imágenes sean muy verdaderas. Un placer esta lectura.

    Saludos atrasados. Tomás.

    ResponderEliminar
  15. Buena historia, no se hace larga en absoluto. Y es porque están muy bien engarzadas sus partes. Me ha gustado ese toque mágico o de historia fantástica habiéndose pasar por real. Genial¡ besos

    ResponderEliminar
  16. De nuevo gracias Alexssa, como habrás comprobado no suelo subir relatos largos, entiendo que en los blogs se busca más el dinamismo y este tipo de lecturas necesitan su tiempo. Pero bueno, en ocasiones no puedo resistirme a subir alguno.

    Abrazos.

    ResponderEliminar