miércoles, 23 de marzo de 2011

Camposanto.


En verdad debe de ser realmente desagradable el ir muriéndose a cachos a lo largo de la vida y más aún si se siguen las costumbres del vecino de rellano de mi amigo Evaristo. Un excombatiente musulmán, reconvertido al cristianismo con motivo de su paso por la guerra de Irak, donde a cambio de ganarse un puesto a la diestra de Cristo, perdió un tercio de su pie izquierdo a causa de la detonación de una pequeña mina antipersona alojada por el enemigo en el pedal de la papelera del water de una vieja teteria de Bagdad. Desgraciadamente ese fue el fatal estreno que hizo el pobre Ali del nuevo sistema de higiene íntima que los prooccidentales dueños del local bagdadí tuvieron a bien instalar tras la remodelación que efectuaron a consecuencia del último atentado suicida. Así, se sumarian a los nuevos modos cristianos a la vez que abandonaban la centenaria costumbre musulmana del grifo de agua en la pared y el pequeño bote de latón colgado de una alcayata junto al escusado. Apenas si hacía un par de días que Ali se había bautizado como cristiano teniendo que renegar de su fe de toda la vida, adquirida nada más nacer, allá en el seno de una humilde familia mahometana que se alojaba en una minúscula casucha a los pies del monte Gurugú, aunque él tuvo la suerte de poder ser apuntado en el registro civil de Melilla, gozando por lo tanto de la nacionalidad española, y ya estaba pagando las consecuencias de su nueva religión.
Y es que como siempre se ha dicho, Dios escribe derecho en renglones torcidos y en esta ocasión tuvo la fatal ocurrencia de ponerle una serie de pruebas para demostrar su verdadera conversión a la fe cristiana, ya se sabe que los caminos del Señor son inescrutables y por supuesto para el que viene del bando contrario que menos que testar sus creencias. De esta manera, no dudó el melillense Ali, ni un instante, exigir que los cirujanos le devolviesen su pedazo de pie amputado para cuando regresase a casa darle cristiana sepultura a la espera del día del juicio final. Estaba claro, que él, acostumbrado a ser un fiel seguidor de la doctrina que tocaba, seguía las sagradas escrituras al pie de la letra.
Como las desgracias nunca vienen solas, ya licenciado con honores por su trabajo para la coalición Occidental como guía territorial de la capital de la antigua Mesopotamia, dicho sea de paso tarea esta algo más que sorprendente, pues en realidad él nunca había salido de Melilla hasta que fue secuestrado por dos marines borrachos, que pretendían ascender en la cadena de mando, entregándolo a sus superiores como si fuese un peligrosísimo terrorista cazado in fraganti, mientras trataba de asaltar uno de los buques norteamericanos atracados al puerto. Menos mal que el comandante de la nave, el único cristiano practicante de todo el contingente naval, era abstemio y para evitar más escándalos le ofreció reclutarlo a cambio de que guardara silencio del patético incidente. Ali, que eso de ver mundo siempre le había llamado la atención, y además estaba cansado de intentar vender chinas de chocolate a los extranjeros que recalaban por aquellas tierras, aceptó de inmediato, pero bueno esa ya es otra historia. 
En definitiva, que a consecuencia del desgraciado percance que le había costado un buen trozo de pie y la jubilación anticipada de una guerra tan extraña, pues estaba claro que era más peligroso entrar a un cuarto de baño de una simple teteria que acribillar a balazos al enemigo en mitad del campo de batalla, se dirigió al aeródromo para coger un vuelo que lo regresara del tirón a La Península Ibérica, para ello, a consecuencia de sus recientes heridas cogió un taxi a la puerta del hospital militar. Una vez de camino al aeropuerto internacional de Bagdad se percató por casualidad, gracias a un repentino destello, que en el suelo, entre los sillones delanteros del automóvil, justo al lado de la palanca del freno de mano, había una pequeña cruz metálica y pensó que por lo visto se le había caído a algún cliente que el taxista hubiera llevado antes, o quién sabe, tal vez era del mismo conductor. Se agachó para recogerla del suelo y nada más tocarla ligeramente con sus dedos sufrió una terrible descarga que le amputó la última falange de sus dedos pulgar e índice, sufriendo al momento un breve desmayo a consecuencia del intenso dolor. Al poco despertó, tirado como un fardo muerto en el suelo, justo en mitad de la carretera hacía el aeródromo de la ciudad del Tigris y el Eúfrates. Menos mal que el taxista sería un extremista pero no un ladrón, y tanto su maleta, donde guardaba liado en papel de aluminio su pedazo de pie amputado, como sus dos trozos de dedos de la mano derecha los había dejado a su lado cuando lo abandonó. Por suerte, pasó por allí un transporte militar de camino al campo de vuelo y lo llevó gustosamente hasta la misma escalerilla del avión comercial que lo sacaría de semejante infierno.

Por fin, ya acomodado a bordo, pudo medio curar sus dedos con la ayuda de una simpática azafata de origen palestino, que había estudiado medicina en La Habana, título que no se lo homologaban en casi ningún país de la órbita norteamericana a consecuencia del embargo que sufría la nación caribeña. Todo iba como la seda hasta que, sobrevolando la franja de Gaza, la simpática azafata resultó ser una peligrosa terrorista que lo tomó a él por rehén mientras pedía el levantamiento inmediato del embargo que sufría su ciudad por parte del Estado de Israel, o sino haría explotar el avión con todos sus pasajeros por los aires. Por supuesto, le aseguró al pobre Alí, susurrándole cariñosamente al oído mientras tenía la hoja de su cuchillo de plástico sobre el lóbulo de su oreja izquierda, que no era un tema personal, pues le caía muy bien, tanto como para irse de copas cuando aterrizasen en Madrid, pero es que estaba cansada de tanto embargo y como ya habían hecho confianza, pues que mejor rehén que él. Al final tras unas durísimas negociaciones con el asesor sordo del primer ministro israelí consiguieron que los judíos accedieran a dejarles pasar un pequeño cargamento de cus-cus y un reducido rebaño de corderos, para ir matando un poco el hambre. Ella también cedió terreno en sus amenazas y se contentó con córtale al pobre de Alí solamente un pedacito de oreja de nada, por su gusto no lo hubiese hecho, pero tenía que mantener su reputación. Tras aterrizar por fin en Barajas y alquilar Alí un coche en el mismo aeropuerto con el que llegar por sus propios medios a su querida Melilla, tuvo la mala suerte de tener un accidente gravísimo justo a la entrada de nuestro pueblo, del que milagrosamente salió  ileso, sin tampoco perder las reliquias carnales que transportaba en su maleta, creyó que esa fue la señal definitiva del cielo para quedarse a vivir justo aquí, en nuestro barrio.

Y esta es, según mi amigo Evaristo, la razón por la que su vecino Alí cada domingo deposita flores en una pequeña tumba anónima y oculta que hay en la parte nueva del cementerio, bajo la sombra de un ciprés. Precisamente el lugar donde, aprovechando la noche y con la inestimable ayuda de mi amigo, enterraron los restos ya algo pasados que traía en su equipaje, a la espera de poder reunirse con ellos cuando el Señor así lo decida.


                                                                         acróbata

17 comentarios:

  1. Durante un año estuve viendo el Gurugú cada mañana.
    Lo que llegué a ver en Melilla es digno de una película de terror.

    Saludos.

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  2. Vaya¡¡¡ me has quedado muda, sabes como sobreencogernos¡¡¡por lo menos a mí.Voy a meditar¡
    Lo siento por Alí.Besos

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  3. jajajajajajajaja, entre el chino y ali, teneis el barrio lleno de aventureros, está claro que no os podeis aburrir!

    Un beso!

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  4. Madre mía que vida la del pobre Alí...
    No he dejado de pensar mientras leía,que lo de convertirse ha sido el cañonazo de salida para su desgracia...
    Un besito.

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  5. Con la boca abierta me he quedado.
    !Jesusito que me quede como estoy!

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  6. Cada paso una desgracia. La conversión no fue nada sencilla para Alí...

    Un saludo, Tomás.

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  7. Ufff.. yo creo que si Ali se hubiera dejado llevar por la muerte a la primera ocasión no hubiera sufrido tanto. No creo que merezca la pena tanto sufrimiento para una triste conversión.

    Un fuerte abrazo.

    Nota: Si que estaba algo locuela, ya con una niña otro gallo me canta.

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  8. Ohhh Dios miooo!
    me quede en stand by !
    Socorroooooooooooooo!
    :S

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  9. Pues menos mal que los trocitos que ha ido perdiendo por el camino son pequeños...

    Saludos.

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  10. Vaya vecinos que tiene este Evaristo.
    Están todos cargados de grandes historias. Me ha gustado especialmente Ali, el hombre al que todo parece salirle mal...

    Un abrazo.

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  11. ¿Todo le salió mal en la vida a Alí?...

    ¡Vaya conversión!...

    Besos y abrazos...

    PD. El final, ese paseo al Camposanto a ponerse flores a... a sí mismo... Jolín qué macabro, ¿no?...

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  12. El pobre Alí no es lo que se dice un hombre con suerte. Otra muestra de tu humor especial e irresistible.

    Un abrazo

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  13. ¡Vaya con las pruebas de fe del pobre Ali!, dejando cachos en conserva para enterrar...
    Muy bueno
    Un beso

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  14. Muchas gracias amigos por dejarme vuestros comentarios.

    En fin, qué decir...Unos nacen con estrella y otros estrellados...

    Abrazos.

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  15. Jooo... vaya historia! estrellado, estrellado...
    Besos abisales

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  16. Pobre hombre, iba dejando la vida pedacito a pedacito...
    Tenía el destino marcado, no hubo manera de levantar la losa.
    Besos Acróbata.

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  17. Y cuando le cuenten que el cuerpo no sirve para nada en el otro lado, qué eh? qué? Pobre Ali.
    Abrazos

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