lunes, 8 de noviembre de 2010

El laberinto.


Allí parado en mitad de ningún lado y a la vez en todos los lugares posibles, escucha como llora la noche perlas de silencio en el recodo yermo de este cruce de caminos, que le aleja cada vez más de si mismo. El sigiloso ladrón de los párpados caídos va penetrando en su rincón insomne con ganas de conquista, sin intención de irse, y a él cada vez le cuesta más dormirse en la tranquilad de no despertar en el laberinto, donde desconoce si ha sido el mismo quien lo ha fabricado a medida de su mutismo, o acaso ha penetrado como Teseo a la búsqueda de su deformado ego sin apenas ser consciente de ello. Es una lucha sin vencedores ni vencidos tan solo quedan sus sueños como únicas victimas. Se amuralla tras los recios muros de espinosas letras escritas bajo el signo de la melancolía y el hastío, continua inmerso en este retorcido presente ya no sabe si buscando la salida o penetrando cada vez más en el abismo que le trae el recuerdo de si mismo. Hacía adelante solo ve las opacas paredes de cristal que le muestran el reflejo de una vida que ha consumido sin ser casi consciente de ella y como única alternativa posible el espejo le muestra un sendero lleno de dolor, angustia y resignación. Ahora desde la impotencia del que nada más puede contemplar su propia locura empieza a comprender el mito del Minotauro y el laberinto, cada uno a base de esfuerzo, sacrificio y quebrantos va construyéndose un mundo a su alrededor y cuando esas amplias avenidas se van estrechando hasta acabar convertidas en una casi imposible trocha, el siguiente paso es la elevación de los márgenes y cuando venga a ser totalmente consciente despierta encerrado en su propio laberinto y resignado a ser el nuevo Minotauro en su centro.

Todos tenemos un laberinto en nuestro día a día.
Y todos somos un poco Minotauro y Teseo, la desgracia es que no todos encuentran a su Ariadna para prestarle el hilo que le haga regresar como una olvidada noche ya pasada penetró.



                                                                                                           acróbata.

1 comentario:

  1. Muy buenas letras Tomás, verdaderamente somos personajes mitológicos dentro del laberinto de nuestras propias pasiones, a punto a veces de ser devorados por el minotauro, pero en lucha el amor valeroso, tras la vida de lo que amamos, y me encanta Ariadna, con su hilo, arriezgando la vida y soy un poco ella, que lástima, hace días se me ha partido el hilo y busco la otra punta para empatarla y en este laberíntico y oscuro silencio, no lo encuentro.


    Besos, amigo mío.

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