jueves, 7 de octubre de 2010

Sorpresa.


Huele a tierra mojada y un espeso halo de niebla rodea el paisaje que llega hasta mi retina, desfigurando las laderas de mis pensamientos. Las ramas desnudas de los viejos álamos del camino parecen querer atraparme entre sus sarmentosos dedos. El eco del frío silencio golpea en mis oídos acallando mi alterada respiración. Continuo avanzando casi sin reparar en el imparable estrechamiento de esta vereda, volteo mi mirada hacía atrás y tan solo llego a ver como la espesa bruma va borrando mis superficiales huellas a la vez que tapa el pequeño hueco abierto a mi paso. Sigue llegando a oleadas hasta mi paladar el sabor dulzón de los crisantemos, aunque hace ya mucho que no contemplo ningún ramo de esta flor y no se mueven ni tan siquiera las hojas secas que aplastan mis desgastados zapatos. Casi sin ser consciente de ello acelero el paso e inclino mis hombros hacía delante, no queriendo prestar atención a nada que no sea lo que tengo delante, la gélida tarde va haciendo en mí mella y un escalofrío recorre mi espalda erizando todos los cabellos de mi piel hasta llegar a mi desnudo cuello. Delante de mí empieza a divisarse una fantasmagórica reja metálica coronada de espinos y escoltada por dos altos y espigados cipreses, cuyas copas se pierden en el oculto cielo plomizo. Casi puedo sentir como los pequeños cantos rodados que piso en mi continuo avanzar se estremecen y la maleza de esta estrecha senda va cerrándose más y más dejándome tan solo un pequeño pasillo para llegar hasta la herrumbrosa valla enrejada. Está cerrada a cal y canto, no me atrevo a deshacer este tortuoso camino y los cipreses mecidos por un repentino viento helado murmullan incomprensibles letanías. Intento hallar la cerradura para poder abrir y pasar al otro lado, pues parece que al fondo se divisa una lejana puerta negra, pero después de una rápida e infructuosa búsqueda tan solo hay una pequeña balanza y a su lado un saquito de sal y una irreconocible moneda de cobre completamente llena de verdín. La tarde avanza y las sombras empiezan a alargarse mezclándose con la persistente cortina velada de niebla, siento como si quisieran cogerme y envolverme en su oscuro manto. Un único pensamiento cruza fugaz por mi cabeza y con el corazón queriendo salirse de su presidio de huesos, músculos y conveniencias, monto la balanza junto a la cerrada cancela, en un platillo pongo la sal y en el otro el óbolo y nada, ni un movimiento, al final cansado de tantas pruebas, casi derrotado, me dejo caer al embarrado suelo. Comienzo a jugar con el amuleto que siempre guardo en mi bolsillo izquierdo y en un momento dado, sin ser muy consciente de ello, lo deposito en el platillo libre de la balanza quedando éste al instante en perfecto equilibrio con su gemelo contrapeso que contiene la sal y la moneda, un ruido sordo se produce y una puerta surge de la verja permitiéndome el paso, sin demora echo a correr hacía delante pues ya me pisa la oscura noche los talones y al llegar al umbral golpeo fuertemente con los nudillos en la negra madera, al momento se abre la puerta y una cegadora luz sale a borbotones acuchillando la espesa penumbra y envolviéndome por completo. Penetro totalmente encandilado en su interior y un conocido coro de voces me grita al unísono:

¡¡¡Sorpresa!!!


                                                                        acróbata

3 comentarios:

  1. Sorpresa la que me llevo cada vez que te leo.

    Sorprendente metafórica narrativa.

    Abrazos de luz, Tomás

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  2. Vos sos escritor, nada más y nada menos, que es más que ser poeta, uno es poeta por circnstancias, pero el ser escritor es un documento de identidad emocional.
    Besos mi amigo querido

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  3. Precioso Tomás, enhorabuena.

    Un abrazo,

    aloe.

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