jueves, 9 de septiembre de 2010

Última estación

Innumerables cables, goteros y agujas
recorren la yerma geografía
de un cuerpo hace tiempo ya vencido.
Yace la otrora alegre vida
encadenada a un triste lecho helado,
mientras su alma continua presa
en una cárcel de huesos, piel y músculos.
A la cabecera de la impersonal cama hospitalaria
dos incómodos butacones desangelados
aguardan en expectante silencio
el final de la amarga cuenta atrás,
el uno está poblado por la contradictoria realidad
de ver desaparecer lo que tanto se ha querido
y a la vez desear el pronto desenlace fatal,
para el otro simple rutina de guadaña y espera.
¿Por qué alargar lo inevitable y doloroso?


Mientras en insensibles despachos
o en asépticas salas de tribunal
se discute la validez de alargar la agonía
de quién ya no respira por si solo entre los vivos
y de quién boquea dolor y frustración
a la puerta de la última frontera
para dejar partir a su alma gemela.
¿Qué si se ajusta a derecho o no?
¿Qué derecho, el de morir con dignidad
según la inequívoca ley natural de la vida
o la a veces insensible ley escrita por los hombres
que pretenden esquivar lo inevitable?


acróbata

2 comentarios:

  1. Solo debe habitar el alma, en el cuerpo vivo, si fallece el alma, libre queda el cuerpo...

    Tomás tocas un tema problemático, creo todo depende en falsas concepciones y criterios de lo que es VIDA.

    Un abrazo amigo mío

    ResponderEliminar
  2. Es tan libre y personal elegir permanecer viviendo mediente una maquina, de forma artificial, como todo lo contrario liberando así el alma.
    Dejando constancia de la voluntad vital de uno mismo deberia ser suficiente,y no permitir que decidan terceras personas.

    Me ha gustado todo lo que has escrito.

    ResponderEliminar