domingo, 2 de mayo de 2010

La Alameda


Un anciano camina solitario,
sus quejumbrosos pasos
se pierden por la vereda de los álamos.
Con un viejo abrigo de recuerdos
se guarece de los fríos inviernos
que tiempo atrás estremecieron su alma.
Adelante ya no busca nada,
tan solo espera la llegada.
La sombra de su espalda le acompaña,
es alargada y oscura
como la noche eterna
donde moran sus sueños.
A veces cuando detiene su deambular
su sombra se le adelanta, tiene prisa
por llegar pronto a la penumbra.
Atrás quedaron los amigos,
vive rodeado de desconocidos,
los suyos hace mucho que duermen en el olvido.
Se detiene al final del sendero,
de su mano agarrotada se desprende su último apoyo
y se deja caer levemente en la espera.
Su mirada antes vacía se torna clarividente,
ve con alivio la llegada a su destino,
con un sentido suspiro la calma invade su pecho.

Hace unas horas, unos niños
mientras jugaban en la alameda
encontraron su cuerpo vencido,
yacía sobre un banco rodeado de gorriones
que comían de su regazo unas migajas de pan.
En su cara una dulce expresión de paz
acompaña al anciano en su viaje,
entre sus manos una ajada fotografía
en papel blanco y negro
retratando esta última escena.
Él conocía desde hacía mucho su destino
y a pesar de todo vivió fiel a sus principios.
Ahora ya está con los suyos,
ahora ya descansa en paz.


acróbata

1 comentario:

  1. Mi querido amigo, hay quienes suelen vivir aferrados a sus principios, es el alimento de su espíritu y de su alma, el camino es difícil, el desgarramiento lento y doloroso, pero se sigue, fiel a lo que se ama, fiel a lo que se cree, sintiendo la dignidad que alimenta, las arterias, la sangre que corre y clama, y no importa lo difícil de saber que todo recorrido, tiene un final.

    Un fuerte abrazo

    Mayra

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