sábado, 24 de abril de 2010

Viaje a Madrid


Capítulo III.

Al llegar a Murcia el autobús realizó una pequeña parada que muchos aprovecharon para estirar las piernas y echar un cigarrillo rápido, ya se sabe hay vicios que obligan lo suyo y esclavizan mucho más. Yo solamente baje un momento para ir al baño, comprar una botella de agua y unos chicles de fresa ácida, por supuesto pregunté a mi compañero de viaje si deseaba algo a lo cual me contestó que no, estaba concentrado en su voluminoso y ajado volumen, a veces detenía su lectura se quedaba pensativo y anotaba con una fina pluma negra con incrustaciones plateadas alguna que otra reseña en su libro. Me llamó la atención lo viejo y manoseado que parecía el volumen y con el especial cariño que él lo manipulaba, más parecía un misal en manos de un sacristán que una simple novela de viaje que entretenía a su lector. Enseguida nos pusimos de nuevo en marcha con un par de nuevos ocupantes y alguna que otra baja, el revisor pasó como de costumbre comprobando que no faltaba nadie y volvió entre silbidos de una conocida canción de moda hacía su asiento, que se encontraba en la parte delantera junto al conductor.

La próxima parada y más larga se producía a mitad de camino, en la manchega ciudad de Albacete, estaba previsto que llegásemos a eso de media mañana y los viajeros aprovechaban normalmente para tomar un tentempié y caminar un poquito para desentumecer las piernas. Hasta llegar decidí echar una cabezadita, la verdad no había dormido la noche anterior, algo muy normal en mí cada vez que realizaba un viaje que no me agradaba hacer. Improvisé una almohada doblando cuidadosamente mi suéter de lana y recliné mi asiento hasta atrás, no es que fuese muy cómoda la postura, pero bueno me llegaba para cerrar los ojos un ratito y tratar de al menos relajarme un poco. Mi acompañante se mantenía en silencio, con la vista puesta en el paisaje que el camino nos iba trayendo, atrás dejábamos la región huertana y empezábamos a atravesar el bonito paisaje que separa las dos regiones, recuerdo que entre cabezada y cabezada mirando a mi acompañante tenía la extraña sensación que a pesar de no separar la mirada de la ventana en realidad no miraba nada y era más rico y entretenido su propio mundo interior que lo que divisaba más allá del cristal. En una de mis miradas más largas y directas, él se giró hacía mí, me sonrió y me comento:

- Este viaje me lo conozco prácticamente de memoria, a veces pienso que si, que podría cerrar los ojos y seguiría visualizando el paisaje, pero una cosa es bien cierta, a cada momento un detalle de todo cambia y en apreciar esas pequeñas revoluciones quizás radica ser consciente de nuestro momento, ¿no crees muchacho?

Este clarividente comentario me sorprendió, tenía la sensación que a veces el caballero podía leerme el pensamiento y a pesar que debería sentirme incómodo por el hecho, no era así, esto, el sentirme tan transparente me hacía preocuparme más que el hecho de parecer tan previsible ante él. Con un momento dubitativo le contesté:

- Si claro, no había nunca pensado en eso, la verdad siempre he sido observador, pero no tanto, supongo que la edad es el mejor maestro para ser más reflexivo y más consciente, bueno perdone no quería llamarle viejo, a veces me expreso muy a la ligera.

-Jajaja, tranquilo hombre, pues claro que soy viejo, que tontería ver la vejez como una lacra, sabes una cosa amigo, para llegar a mi edad primero he pasado por todas las anteriores y aún sigo aquí, ¿es que eso no es digno de valorar?

- Por supuesto, eso mismo pienso yo, pero ya sabe, son muy pocos los que no se ofenden si les mencionas o haces relación a su edad, y más si son algo mayores, bueno que perdone, uff..., tiene usted la capacidad de liarme, brotan casi las palabras solas de mí, le prometo una cosa, esto nunca me había pasado con nadie, suelo ser bastante más reservado y comedido que lo estoy siendo hoy, espero que no piense de mí que soy un descerebrado.

-Jajaja, que no muchacho, no te juzgues más que ya están los demás para condenarte de antemano. Y tranquilo que la confianza y el bienestar son mutuos.

De esta manera, entre cabezadas y algún que otro ligero comentario arribamos a la parada intermedia de nuestro viaje, Albacete nos recibió ese día con un brillante sol y una temperatura atípica por calurosa para esa época del año. Cuando el autobús paró en el arcén número veintisiete, otra coincidencia de ese viaje, me dispuse a bajar a tomar un refrigerio y con agrado y cortesía invité al señor a acompañarme:

- ¿Se anima y me acepta un café o mejor a esta hora avanzada de la mañana un pincho de tortilla?

- No gracias amigo, ve tú, yo espero aquí tranquilo, ahora mismo no me apetece nada.

- De acuerdo como quiera, ya sabe si cambia de opinión ahí en la cafetería le espero.

Al poco rato regresé a mi asiento, éramos pocos los que ya nos habíamos vuelto a subir, la mayoría apuraban el tiempo comprando algún que otro recuerdo de las viandas y cosas típicas de la capital de provincia, en otro tiempo pasado y no muy feliz para el país, perteneciente a la región murciana. Algún que otro compró un queso, pero casi todos los que adquirían algo se decantaban por las famosas navajas albaceteñas. Mi amigo que permanecía cómodamente sentado en su sitio me preguntó:

- ¿Qué, todo bien muchachote?, ¿has saciado ya esa hambre voraz, que amenazaba con taladrarte tu joven estomago?

- Jajaja, si, gracias a Dios, se puede decir que ya hay uno menos en el mundo con hambre, oiga, ¿le apetece que le traiga algo?, para mí no es ninguna molestia, es más sería un placer ayudarle.

- Muchas gracias, sé que me lo dices de corazón, se te nota de largo tu sinceridad, pero no, de
verdad que estoy bien y no me apetece nada.


continuará

2 comentarios:

  1. Desde mi insomnio y malestar cervical, ya sea por la constante utilización de la pc, o el almanaque que nos pone los huesos algo flojos, he leído la II y III parte de tu relato. Es muy ilustrativo sabías, hay que reflexionar aveces cuanta mansedumbre, paciencia y equilibrio se adquiere con los años y de que forma la profundidad y la búsqueda constante se puede encontrar en la juventud, sería un binomio perfecto para equilibrar la vida, aunque definitivamente, hay jóvenes que nacen viejos y viejos que mueren jóvenes, la eterna discordancia en el camino, al final creo las vivencias, la personalidad pueden decir mucho más,que los años que se viven.
    Espero pacientemente, la IV parte...

    Mis sinceros afectos.

    Mayra

    ResponderEliminar
  2. Me suena el consejo de no juzgarnos a nosotros mismos que para eso ya están los demás ;)

    Sigo, que está interesante.

    ResponderEliminar