miércoles, 21 de abril de 2010

Viaje a Madrid.


Capítulo I.
Hace unos años en un viaje en autobús que hice a la capital me sucedió lo que relato a continuación:

Una atípica cálida mañana de finales de octubre me encaminé hacía la recién estrenada estación de autobuses interurbanos de mi localidad para realizar un viaje pendiente que tenía que haber hecho hacía ya bastante tiempo, pero por desgana y por las obligaciones diarias había ido postergando en el tiempo. Como en realidad mi estancia en la capital iba a ser muy efímera mi único equipaje era un cómodo bolso de mano, en el que tan solo llevaba una muda de ropa, un pequeño neceser para la urgencia del aseo diario y un sencillo portafolios donde guardaba la documentación que debía terminar en ese día para entregar a mi llegada a Madrid, la verdad, los podía haber terminado mucho antes de iniciar el viaje, pero los había dejado inconclusos para de esa manera tener un entretenimiento a lo largo del trayecto, pues era un viaje que a mí de siempre me resultó tedioso y aburrido, en definitiva para que negarlo, era un desplazamiento que no me traía buenos recuerdos.

De camino a la estación la nostalgia invadía mi memoria, como llevaba tiempo de sobra y para llegar a la parada del coche de línea atravesaba uno de los lugares más bonitos de mi localidad, el paseo marítimo del puerto de levante, llamado acertadamente como el de Las Delicias, más que caminar a buen ritmo iba paseando tranquilamente degustando los soleados paisajes que esa mañana acudían en tropel a mis ojos. Las olas del mar al estrellarse contra el rompeolas del club náutico levantaban blancas espumas que al mezclarse con los brillantes rayos del sol componían un hermoso arco iris multicolor que iluminaban la clara mañana otoñal. Hay costumbres que se arraigan muy dentro y con el tiempo se ha llegado a convertir en todo un ritual que me sirve para disfrute de mis sentidos, pues que pocas veces abrimos nuestros ojos, oídos y olfato para captar y apreciar los hermosos entornos que en tantas ocasiones nos rodean y por prisa o por dejadez, ignorancia o que se yo no disfrutamos como deberían ser gozados. Casi se puede decir que sentía la necesidad de ir despidiéndome de cada uno los rincones más queridos de mi pueblo, esto es una tontería, pues mi estancia en la capital tan solo la tenía programada para unas pocas horas, pero era una costumbre mía que me venía desde mi tierna infancia, desde que me veía obligado a viajar muy de continuo a Madrid.

Llegué con unos veinte minutos de adelanto respecto al horario de partida, eran aún pocos los viajeros que me precedían, a casi todos los conocía, más de vista que de otra cosa, me salude con varios y tranquilamente tome asiento en un banco individual de la diáfana sala que resulto ser bastante incómodo, era de un plástico duro que se supone asemejaba la forma de nuestro cuerpo al tomar asiento, o yo soy muy fuera de lo normal, la verdad no lo creo pues soy bastante normalito en todo o el diseñador no tuvo su mejor día cuando ideó la forma y estructura del banco. Aunque estaba ensimismado en mi mundo interior enseguida note un escalofrío erizándome todos los cabellos del cuerpo, alce la vista y mis ojos se cruzaron con los de un señor mayor que permanecía solo en una esquina de la taquilla expendedora de billetes, la cual permanecía cerrada a cal y canto a esa hora de la mañana. Estaba de pie apoyado en un bello bastón y vestía un traje negro muy elegante, en su mano libre portaba un libro y también sostenía una bonita gabardina también negra que la verdad me gustó mucho nada más verla. Me dedicó una leve sonrisa y con una ligera inclinación de cabeza me saludó, por supuesto yo le devolví el saludo cordialmente. Aunque nunca antes lo había visto me atraía y me llamaba poderosamente la atención, al parecer era al único que esto le sucedía pues todos los demás viajeros permanecían absortos en sus quehaceres: unos conversaban animadamente sobre el derby futbolístico disputado en la víspera, otros charlaban sobre sus familias y amigos, poniéndose al corriente de todos los pormenores sucedidos desde que se vieran por última vez y los demás simplemente permanecían refugiados en sus propios pensamientos. Según iban llegando nuevos viajeros se incorporaban a las distintas conversaciones ya existentes o iniciaban otras nuevas, pero ninguno prestaba atención al caballero de negro.

Al poco llegó el autobús que nos transportaría y pausadamente estacionó en el andén. El conductor abrió las puertas y él y el revisor comenzaron a ayudar a los pasajeros con su equipaje para que lo cargasen en las enormes tripas de la ballena de acero y cristal, como yo no portaba maletas y tan solo llevaba un bolso de mano enseguida me dispuse a acceder a la escalera de la parte delantera del vehiculo. Prácticamente todo el mundo adquiría su billete con anterioridad, pues a esa hora solo permanecía abierta la sala de espera para el embarque, el resto abrirían un poco más tarde, esto era debido a una preocupante falta de personal, pero es que los motivos económicos muchas veces, por no decir siempre, priman sobre el resto y los responsables comunicaban que era la única manera de que la flamante nueva obra para el municipio fuera rentable y sostenible en el tiempo. También se podía adquirir el ticket directamente del revisor pero entonce se encarecía considerablemente el precio. Entregue el billete al revisor que ya se había colocado al pie de la escalerilla, nos dimos los buenos días y cortésmente me lo picó, indicándome a continuación que el veintisiete era mi número de asiento, casualidades de la vida el mismo dígito de mi día de cumpleaños.

Me instalé en el asiento contiguo al mío, al lado del pasillo, saqué mi portafolios del bolso y lo dejé sobre la butaca de la ventana y mi equipaje de mano lo coloqué en la repisa superior destinada para el efecto. La cortinilla del amplio ventanal permanecía cerrada y yo tan solo me aseguré que permaneciese así. Poco a poco el resto del pasaje fue accediendo a sus lugares y acomodándose, casi al final de todos subió el hombre de negro, caminando por el pasillo llegó a mi altura, se detuvo y amablemente me preguntó:

-Joven, ¿me permites que me siente a tu lado?
Un poco azorado rápidamente retiré mi carpeta del asiento contiguo, me levanté para acomodarme en él y le invité a sentarse:
- Si claro señor, por supuesto no faltaba más.
El hombre con una pícara media sonrisa en los labios me comentó:
-¿Te importaría dejarme el sitio de la ventana?, antes no sabía disfrutar del paisaje de este hermoso viaje hasta la capital, pero desde hace ya bastante si lo estimo.
- Por supuesto- le conteste, - a mí particularmente no me agrada demasiado este trayecto y no suelo contemplar mucho las vistas que aparecen por la ventanilla.
- Ya lo suponía-, expreso el señor.
Un poco perplejo le pregunté:
-¿Y eso?
- No, por nada, simple observación muchacho, me he dado cuenta que no has corrido la cortinilla para ver el exterior a pesar de la esplendida mañana que nos ha amanecido hoy.

continuará

1 comentario:

  1. Increíble como los pequeños detalles, marcan la diferencia....el correr de una simple cortinilla...
    La primera parte de tu relato es muy coherente, y sobre todo descriptiva, tanto que al leerla suponemos que es parte de la realidad y no de la fantasía del autor...dejemos que hable, la segunda parte, que por supuesto, leeré gustosa.

    Un abrazo

    Mayra

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