martes, 16 de marzo de 2010

En el Umbral



Sentado en el interior de una vetusta cafetería junto al mar una madura camarera de pícara sonrisa y dulce charla me trae amablemente una taza de café que no he pedido.
Le indico que no deseo tomar nada en ese momento y con un gracioso guiño me dice:
-Tómatelo que ya verás que bien te sienta.

La estancia principal del local tiene dos partes bien diferenciadas:
Una con una blanca claridad, en la cual junto a la barman que permanece en pie, estoy yo sentado en una original mesa hecha con una vieja maquina de coser Sigma, cuyo tablero es un marco de madera con una serigrafía de un acróbata en plena actuación, acompañándome en esta estancia está una bella joven que me atrae vivamente, desde una mesa junto a la ventana por la que entra la brillante claridad que delimita los dos espacios lumínicos de esta sala me mira con infinita ternura y me sonríe. También hay a este lado de la luz una pareja sentada en una mesa alejada de la mía, apenas si miran hacía aquí  y continuan hablando entre ellos palabras que no llegan hasta mis oídos. Además de ellos se suma a este lado un hombre mayor sentado en un banco alto junto a la barra del bar, tiene aspecto de solitario, no parece querer compañía y permanece absorto en la contemplación de sus propios recuerdos.

En la penumbra del local tan solo permanece una elegante dama sentada en una hermosa mesa de maderas nobles con adornos de forja en forma de rosas, no veo la cara de la mujer, está oculta en un oscuro halo de misterio. Su delicada y enjoyada mano tamborilea una sentida melodía que a mí me trae recuerdos de mi niñez, la nostalgia llama a la puerta de mi memoria, tanto tiempo silenciada, tanto tiempo callada.

En el viejo y desvencijado tejado de lata que cubre nuestros pensamientos comienza a repiquetear una pausada lluvia que no ceja de evocar una triste canción de otoños olvidados.

Remuevo con parsimonia mi café, doy un sorbo y está amargo, no tiene azúcar, llamo a Noelia, la clarividente camarera y le indico la ausencia del edulcorante, me contesta que ya lo sabe y que hay tragos que no se pueden endulzar, pero que me vendrá muy bien tomármelo. No muy convencido accedo a degustar la amarga bebida, de un tirón, como una medicina que debe ser tomada sin pararse a pensar en su sabor. Un reconfortante calor penetra por todos mis rincones y calma mis ansiedades. Al dejar la taza se derraman los posos sobre la mesa manchando la cuartilla donde estoy escribiendo este relato. Ofuscado le pido rápidamente a la mujer del bar unas servilletas para limpiar el estropicio, ella me mira con una media sonrisa en los labios y me dice:
-Tranquilo esos posos no manchan, esos te dibujaran la salida.
Me quedo estupefacto y le pregunto:
-¿Qué salida Noelia?, ¿qué me estás contando?
Ella con la mirada puesta fijamente en mis ojos me contesta:
-La que tanto tiempo llevas buscando y solo te cuento lo que tú ya sabes desde hace mucho.

La lluvia arrecia y una gotera del techo hace su aparición resbalando sigilosamente por mi mejilla, una gota salada va llenando lentamente la taza que está abandonada en la mesa de mi vida. La mujer me apremia a volcar la taza y me dice muy apurada:
-No permitas que se vuelva a llenar, ese amargo café solo se debe tomar una vez, no quiero que te quedes en este instante, ahí afuera brilla el sol y hay quien te espera y te necesita con los brazos abiertos y el corazón anhelante.

La bella mujer de la claridad junto a la ventana se levanta, camina hacía la puerta y la abre, una poderosísima claridad inunda toda la estancia. Miro al rincón de la penumbra y durante un único instante veo la amada y añorada faz de la señora que habita en la oscuridad, con inmensa alegría y sus bellos ojos bañados en lágrimas me dicen adiós, me lanza un sentido beso que se instala en el fondo de mi alma llenando un hueco tanto tiempo atrás vaciado, El resto de los parroquianos permanecen indiferentes, cada uno en sus quehaceres, pienso que no son siquiera conscientes de la zona de penumbra de la cafetería.

Fuera, en la brillante mañana soleada, hay dos preciosas niñas muy felices que corren y juegan saludándome con gran alboroto e invitándome a unirme a ellas en sus hermosos juegos. Mi compañera de claridad me espera en el umbral con una mano tendida hacía mí, una mano cálida, segura y muy amada que en ningún momento he dudado en coger para siempre. Me levanto lentamente, saboreando el momento, Noelia me invita a recoger mis notas transcritas con sentimiento y manchadas con el café amargo que aclara las ideas, calienta los corazones y aleja las tinieblas, me susurra al oído:
-Escribe todo lo que ha pasado aquí y yo lo leeré algún día sentada contigo ahí fuera, en la luz.

Al llegar al umbral la luz celestial inunda por completo mi espíritu y mi amada compañera me abraza invitándome a salir al exterior. Detengo un momento mis pasos, vuelvo la vista atrás y a viva voz pregunto:
-Noelia, ¿qué te debo por el café?
Ella me sonríe y contesta:
-Nada, a este amargo trago te he invitado yo hoy, tú me pondrás un dulce té en tu hogar cuando termines de escribir esta historia.

Ha pasado ya algún tiempo, hoy he terminado de redactar esta sentida historia que me pasó un buen día de mi vida, la hoja manchada por los posos ha sido respetada íntegramente, la he puesto en el final y es verdad que tiene un mensaje para mí. Leyéndolo una callada lágrima ha vuelto a resbalar por mi mejilla y ha sellado el final de esta historia.




acróbata.

1 comentario:

  1. joer.. uno al leer esto se queda sin palabras!

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